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Oración II Domingo de Cuaresma


01 Marzo 2026

¡Hola, amigo, el de la Palabra buena!

Palabra que alumbra el camino, palabra que llena de Vida la vida. Por eso, no me extraña nada que el Padre nos diga hoy:

¡¡Escuchen a Jesús!!

Me llama mucho la atención que El Padre sólo habla tres veces en el Evangelio. Y hoy es una de esas veces. Y nos dice, claro y tajante:

Jesús es mi Hijo querido. ¡Escúchenlo!

Escuchar, escucharte, hacer mío lo que me dices, identificar las palabras que me llegan descubriendo en ellas tu voz, tu voz acorazonada, palabras que vienen del fondo mismo de Dios.

Ay, Señor, me he pasado la vida leyendo el evangelio, escuchando palabras tuyas dichas por otros, repetidas unas veces cantadas y otras leídas, pero creo que escucharte, escucharte, pocas veces.

Tus palabras dejan de ser tuyas para ser “palabras de un libro”, palabras del evangelio. Por eso, quizás, me impactan tan poco, y apenas me cambian la vida, porque no sé guardarlas en el corazón. Lo más, las guardo en la memoria.

Fíjate, amigo, si no nos tomamos en serio tus palabras que las escuchamos y ni se nos pasa por la cabeza el decirte sí o decirte no. No decimos nada, como si eso no tuviera que ver con nosotros. Y quizás luego nos ponemos a rezar hablándote de otras cosas. Tus palabras cayeron en tierra dura y el diablo se las llevó rapidito.

No sabemos ser protagonistas del Evangelio. Lo manejamos como un libro del pasado, “en el que yo no estaba”. Y a lo más que llegamos es a saber lo que pasó ayer, lo que dijiste a otros. Y creo, quiero creer, que el Evangelio sucede hoy, porque estás tú, muy vivo y haciendo lo que sabes hacer. Y “una palabra tuya bastará para sanarme”.

Hoy, Jesús, te vemos transfigurado, lleno de luz. Siempre estabas lleno de Luz pero no se te traslucía. Hoy quiero creer que también yo estoy lleno de Luz, porque tú vives en mí y yo vivo en ti. Eso, aunque no se manifieste. Verte transfigurado me ayuda a saberme transfigurado.

Como , también yo tengo un tesoro escondido por descubrir.

También quiero pedirte que suceda hoy el evangelio conmigo y con los hermanos: que sepa que te acercas, que pones tu mano sobre mí, sobre nosotros, y nos dices con palabras vivas:

“No tengan miedo”.

El Padre los quiere y los cuida, como a mí. No tengan miedo a la cruz, a las dificultades…. No tengan miedo a escucharme, a arriesgar, a seguirme.

Y que tu “no tengan miedo”, nos quite el miedo.

¡Gracias Señor!