La vida religiosa atraviesa un cambio constante, particularmente cuando se enfrentan una reducción en el número de vocaciones. Las edades de los hermanos avanzan hasta llegar a la ancianidad, y con ello las fuerzas y energías disminuyen, llevando al cierre de casas y misiones.
En estos momentos, confío en que Dios no desampara a sus hijas e hijos; su espíritu siempre fortalece a cada persona. Como consagrados, aprendemos a escuchar las voces de nuestro interior y de la realidad actual, aunque a veces no encontremos respuestas positivas a tantas preguntas que nos hacemos.
Pese a todo, lo importante radica en arriesgar la vida y dar testimonio, porque donde no hay testimonio no hay tampoco espíritu de Jesús. Aprendamos a vivir como místicos y profetas, siguiendo juntos a Jesús, quien nos enseña este camino.
Cuando se abre una nueva misión, es agradable llegar a un lugar con un ambiente, gente y cultura diferentes. Proporciona alegría conocer a nuevas personas y experimentar la emoción de iniciar un camino junto a la comunidad, al pueblo y al país. Estos son pasos que se dan, tímidamente o con rapidez, dependiendo de la apertura de cada congregación.
Abrir nuevas comunidades puede ser un poco difícil debido a la situación actual, aunque mantengo la esperanza de vivir y compartir a nivel intercongregacional las riquezas sin perder lo esencial, que es el seguimiento de Jesús.
Sin embargo, debemos aceptar los cambios como etapas en la vida: cada una es diferente, con sus riquezas y debilidades, que aun así son bellas; asimismo pasa con las diversas experiencias que se dan a lo largo de la vida.
La misión a la que hemos sido convocados, desde nuestra identidad de consagrados nos pone en un camino que exige hacer de esta realidad un aprendizaje. Esta misión nos llama a solidarizarnos con aquellos a quienes estamos invitados a acompañar. No debemos permitir la pasividad, las lamentaciones y mucho menos la indiferencia.
El cambio también es propicio para salir de nosotros mismos y compartir aquello que somos y tenemos en nuestro ser. Urge cuidarnos unos a otros y cuidar a quienes se nos han confiado.
Con discernimiento y pensando en el bien común, estamos siempre abiertas a los cambios constantes. Sembramos esperanza y motivamos a la unidad según el corazón de Dios. Esperamos con confianza todo lo que es nuevo, trabajamos con decisión por un mundo mejor y no olvidamos que todo lo que hacemos sea con gratuidad y entrega generosa.
Conviene preguntarse sobre los cauces de la entrega en una realidad urgida de testigos de esperanza: hombres y mujeres que puedan y quieran ir más allá, que salgan a pronunciar palabras que den vida y tengan gestos que devuelvan la fe en el valor de la bondad y la ternura.
Somos invitados a participar en una dinámica de itinerancia y salida de nosotros mismos, al igual que la Trinidad, para ir creativamente al encuentro del hermano más necesitado y contribuir a su humanización. Comenzar a humanizarnos en nuestras propias comunidades, sumergiéndonos en esta circularidad de amor y dejando que la vida fluya ha de convertirse en nuestro propósito.
Al abrazar al pueblo de Dios, estamos convencidos de que es momento de generar espacios de encuentro, diálogo y consensos como pequeñas comunidades.
Estamos llamados a manifestar, desde nuestras respectivas misiones, nuestro compromiso común por la vida, la justicia, la solidaridad y el cuidado de unas y de otros.
Esto implica mantener una mirada vigilante y una escucha atenta. Se trata de la mirada del discípulo misionero, que se alimenta por la luz y la fuerza del Espíritu Santo. Es una mirada de compasión, la invitación que nos hace el corazón de Cristo, ya que no hay compasión que no se solidarice con el otro sobre todas las cosas.
La alegría de vivir, aun en medio de las incertidumbres del camino humano y espiritual, es parte integral del Reino. En nuestro entorno, es necesario estar siempre atentas a los cambios que la sociedad de hoy nos presenta; estar al nivel para establecer buenas bases al momento de discernir y así, evitar caer en las falsedades. En esta situación real, Dios nos invita de nuevo a soñar nuevas maneras de ser consagradas. Nos impulsa a caminar hacia un nuevo modo de ser Iglesia, a vislumbrar nuevos horizontes.
Bitácoras