Este tiempo de crisis global, en un mundo fracturado por la pasada pandemia, el racismo, la violencia y la división…, exige una respuesta profética de los religiosos y religiosas. El grito de “no puedo respirar” en medio de esta crisis, una vida pisoteadas por estructuras opresivas, mientras que además muchas partes del planeta Tierra carecen del oxígeno necesario para que la vida florezca. ¿Cómo estamos llamados a responder como religiosos? ¿Qué puede ofrecer nuestra vida de votos, vivida en comunidad, en medio de este sufrimiento, del dolor, la ruptura, la desigualdad…?
Hoy se han acentuado los rasgos del final de una era, un cambio de civilización. Y la historia nos dice que el período más o menos largo que precede al nacimiento de una nueva civilización es una etapa de decadencia: un tiempo caótico y lleno de incertidumbre, exactamente como este momento en el que nos encontramos.
Buscando inspiración para el momento actual, dirigí la mirada a las primeras comunidades cristianas, que se desarrollaron y expandieron de manera inexplicable durante un período muy difícil para ellos, incluso más que el nuestro, la Buena Nueva del Evangelio.
En este sentido, me sorprendió recientemente, al leer una profunda reflexión por parte de un pastor de la iglesia luterana, encontrarme con el neologismo “anti frágil” aplicado a la Iglesia. Hace una interpretación muy sugerente: los sistemas mecánicos son frágiles en su complejidad; los orgánicos, en cambio, son anti frágiles porque están diseñados para crecer bajo presión. Algunas partes de nuestro cuerpo, como los huesos o los músculos, por ejemplo, necesitan presión para mantenerse sanos y hacerse más fuertes. De manera similar, la iglesia primitiva fue un sistema profundamente anti frágil, que crecía y se hacía más fuerte a medida que se aumentaba la presión sobre ella.
Lo mismo lo podemos aplicar a nuestras comunidades o congregaciones, instituciones... Nacimos en condiciones de estrés, depresión, y nos desarrollamos mejor bajo esas condiciones. En cambio, cuando no existe esa presión nos relajamos, y perdemos fuerza y enfermamos.
Si vivir bajo presión forma parte de las condiciones habituales de la comunidad cristiana para su desarrollo y consolidación, entonces es normal que los primeros cristianos apreciaran tanto la virtud de la paciencia que, según el diccionario, es la “capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse”.
Hablan sobre ella Cipriano de Cartago, Justino, Clemente de Alejandría, Orígenes, Tertuliano... considerándola una virtud peculiarmente cristiana y la mayor y más alta de todas las virtudes. Saberse en las manos de Dios: sin querer controlar los acontecimientos, vivir sin ansias, ni prisas…, y sin usar jamás la fuerza para conseguir las metas que querían alcanzar. Justino la califica de extraña, y subraya que originó muchas conversiones de paganos.
Su testimonio fue como la levadura que se pone en la harina y la hace fermentar. Tanto los primeros cristianos como nuestros fundadores y fundadoras estuvieron activamente implicados en el nacimiento de lo nuevo en un mundo decadente.
Aunque los signos externos pudieran dar impresión de lo contrario, la Vida Religiosa tiene una gran actualidad. En la esencia de lo que estamos llamados/as a ser se encuentra exactamente lo que las mujeres y los hombres de hoy necesitamos. En el corazón de nuestra vida se encuentran una serie de no negociables que, vividos en autenticidad, tienen la enorme fuerza de lo germinal. El conjunto de una vida así ejerce de contraste profético ante las prácticas decadentes del momento actual y son paciente fermento de cambio.
Espero que “despertéis al mundo”, porque la nota que caracteriza a la vida consagrada es la profecía. Como nos dijo el Papa Francisco: “la radicalidad evangélica no es solo de los religiosos: se exige a todos. Pero los religiosos siguen al Señor de manera especial de modo profético”. Esta es la prioridad que ahora se nos pide: “Ser profetas como Jesús ha vivido en esta tierra… Un religioso nunca debe renunciar a la profecía”. (Carta Apostólica del Papa Francisco a todos los Consagrados, II, 2)
No la radicalidad, sino la profecía. O quizás mejor todavía, la radicalidad de la profecía. Evidentemente, no se trata de la profecía de ponerse como modelos de nadie en la Iglesia, sino más bien de la profecía de la pequeñez y de la debilidad, que testimonia la misericordia de Dios. La profecía es la capacidad de englobar la muerte, el fracaso, la no visibilidad, la marginalidad, y hacerlo como opción permanente para toda la vida.
Sabíamos que podía ocurrir. Y ocurrió. Efectivamente, el papa Francisco, para quien quisiera oír lo que dijo (y no interpretar lo que quiso decir), afirmó: “En la Iglesia hay espacio para todos ―y, cuando no haya, por favor, esforcémonos para que haya―, también para el que se equivoca, para el que cae, para el que le cuesta. Porque la Iglesia es, y debe ser cada vez más, esa casa donde resuena el eco de la llamada que Dios dirige a cada uno por su nombre. El Señor no señala con el dedo, sino que abre sus brazos; nos lo muestra Jesús en la cruz. Él no cierra la puerta, sino que invita a entrar; no aleja, sino que acoge”.
Es un principio de eclesiología, pero es evidente que esta afirmación, con un rotundo “todos” escuece, –particularmente–, a los “puristas o propietarios”; a quienes teniéndose por justos llegan a pensar que la pertenencia eclesial es una “clase”, un privilegio o un logro.
La pretensión de Cristo, el Señor, sin embargo es un “todos” sin fisuras ni filtros. Es la pertenencia, vivida como amor que abarca tu vida, y así posibilita que tu acción sea la búsqueda del bien. No es el mérito de “tu bien” el que te propicia el logro del amor. Y ahí está el debate y la profunda revisión que hemos de emprender en la construcción de una comunión eclesial que sea y signifique para este tiempo y este siglo.
El problema, de fondo, es dejar a Dios ser Dios y amar con la libertad de un Padre que nunca se extraña ni escandaliza de los márgenes de libertad de sus hijos: el problema es confundir el valor de la pluralidad con bellas palabras en texto, mientras no exijan un cambio de mentalidad y una transformación del contexto. El problema –el gran problema– es haber reducido el seguimiento de Jesús a un principio sostenido en la historia y, tantas veces, alejado de la vida. De una buena vez, “todos” nos tiene que impulsar a una reconstrucción de las relaciones, de la fraternidad y la verdad. Nos tiene que llevar al encuentro con un Jesús, con los brazos abiertos, que no aleja, ni separa, ni discrimina, ni oculta, porque todos somos HERMANOS
La gran conversión para nuestro tiempo, también en verano –cuando parece que nada pasa– es llegar a creer y agradecer que con el amor infinito que Dios te ama, también está amando a quien no entiendes ni aceptas; a quien aíslas o evitas; a quien envidias o desprecias… Ese es el significado real de “todos”. Y ese es el camino real de quien quiera pasar del efímero valor de una frase que suena bien; al “alcohol purificador” que cura tu herida y te sana por dentro.
¡Feliz camino!
Bitácoras