¡Hola, Jesús, mi Pastor bueno!
Cuando me llamas por mi nombre no sabes todo lo que vibra dentro de mí. Me llenas de alegría y de seguridad. Saberte “mi” Pastor, me encanta. No sé, pero eso de sentirme “ovejuela” ya no me suena tan bien. Me gusta mucho más el sentirme “amigo”, y si es “amigo del alma”, más todavía. Me suena tan bien…, me aporta tanto…; porque hoy nos quedan tan poco “amigos”. Que todo nos da igual.
Ya sabes que muchas veces lo que siento ante las dificultades no se corresponde con lo que creo de ti, con lo que quiero creer: que estamos bien cuidados, porque nos cuidas tú, que ninguno se perderá porque nos cuidas tú. Hasta los que somos un poco “revoltosos”… podemos tener esperanza.
Tú, como el Padre, comprendes y perdonas siempre, y haces salir el sol sobre los buenos y los menos buenos.
Gracias, gracias, amigo del alma. Desde este mundo tan desbarajustado, con tantos problemas que veo –y los que no se ven– a mi alrededor, desde tantas dificultades que tienen los que amo, ante tantas razones para el derrotismo y la desesperanza… levanto la vista y el corazón y te miro, y en ti encuentro razones para la paz y la confianza.
El mundo, la vida, yo, todos estamos bien cuidados porque nos cuidas y nos defiendes tú. La historia no está en manos de un destino ciego, la historia está en tus manos, el Buen Pastor. Por eso quiero gritar: ¡El Amor y la Vida vencerán!
Escuchándote en este evangelio, estos días he pensado en cómo te cuidó el Padre, tu Buen Pastor. ¿Cómo viviste tu tragedia? El Padre no apartó de ti el cáliz amargo que se te venía encima, pero te cuidó, seguro, como nunca. Tu pasión fue, en verdad, la pasión del Padre. ¡Qué duro tuvo que ser aquel momento en que sentiste que te había abandonado! El dolor más grande, seguro. El Padre no te hizo fácil la cruz. Te dejó ante ella, porque la cruz te llevaría a la plenitud del amor y de la vida. Y creciste, y creciste, y creciste.
Por eso, sabes tanto de Amor y de dolor, por eso nos puedes comprender, ayudar y cuidar cuando estemos en apuros, cuando nos visita la confusión, el rechazo, el dolor. Creeré de verdad que eres mi Pastor bueno, no cuando lo digo con la boca, sino cuando, en medio de los problemas y dificultades, me sienta seguro en tus manos.
Mi confianza en ti, gritará mi fe.
Aquí estoy Señor, que a pesar de mis “asuntillos”, “creo en Ti, y te quiero”.
¡Fiat!
Bitácoras
