¡Hola, Jesús, amigo!
Aquí llego y aquí te encuentro. Tú siempre sentado junto al pozo de la vida, siempre esperando con una palabra buena para cada uno. Bien sabes que los sedientos terminaremos llegando.
Aquí estoy, sediento sí, pero a veces ni siquiera sé de qué tengo sed, qué busco con lo que hago y con lo que no hago. A veces no me doy cuenta de los trucos, exageraciones, posturas que uso, buscando un piropo, un “tú sí que sabes”, un “tú sí que lo haces bien”.
Aquí soy un mendigo de aprobación y de cariño. Y, si consigo el sorbito de hoy, ya sé que mañana volveré a tener sed. Y vuelta a la misma carrera de cada día.
¡¡Cinco maridos!! Y sigue sedienta, y sigue buscando y esperando… ¿No nos parecemos mucho a la samaritana?
Aquí la sedienta de Samaría que no tiene nombre, ¿será para que todos nos podamos reconocer en ella?, le dijiste: “si conocieras el don de Dios, tú me pedirías agua a mí”. Y que tú se la darías.
El agua de Dios, esa que da Vida plena, viene y se ofrece contigo. Es un agua buena, como todo lo de Dios; agua que se convierte en manantial que mana y mana y, por eso, nunca más volveremos a tener sed.
Ay, Señor, si sigo sediento y corriendo a la desesperada tras la ración de agua de cada día, me hago consciente de que aún no he terminado de beber del agua que tú me ofreces, que el don de Dios aún no es un don descubierto y acogido. El don de Dios, lo que Dios no para de ofrecerme, el agua viva que está a mi alcance…
He leído libros, hago mis penitos en la oración, me he acercado a los místicos, esos sedientos satisfechos y agradecidos, y sigo con la sensación de que me falta algo, que aún no he terminado de zambullirme en ese inmenso mar que es Dios. ¿Cuándo terminaré de entender que el don de Dios es Dios mismo? ¡Y Dios es el “no-va-más”!
¿Cuándo terminaré de saborear que en ti Dios se me está dando en la sencillez de un pan que se da a un amigo?
¿Cuándo me sentiré ¡por fin! amado y cuidado?
¿Cuándo me sabré habitado por una fuente que mana paz, esperanza, alegría…?
¿Cuándo se me abrirán las entendederas para saber que “vivo en Dios” y que “Dios vive y se mueve en mí”?
¿Quizás tenga que vaciarme de muchas cosas para que tú me puedas llenar?
Jesús, tengo la sensación de que si no empiezo por aquí, es que aún no he empezado. Por eso te pido por mí y te pido por mis hermanos de Fraternidad y por todos los hermanos de la Provincia Franciscana de la Inmaculada…; y por tantas personas con las que he tratado en mi tarea personal y pastoral, particularmente por tantas personas con sed de Ti, Señor, sedientos de cariño, de paz, de salud, de amistad, de cercanía, de que se les escuche...; Tú los conoces más y mejor.
Que esta sea nuestra Cuaresma, acercarnos más a los más necesitados.
¡Ayúdanos Señor!
Bitácoras
