¿Cómo se vive en una época de desconcierto cuando los relatos antiguos se han desmoronado y todavía no ha surgido un relato nuevo que los sustituya? En el siglo XXI es diferente, debido a la velocidad creciente del cambio, no estamos seguros de si lo que dicen los adultos es sabiduría intemporal o prejuicio anticuado. Se respira un aire de zozobra. No tenemos ideas claras, ni visión lúcida.
Hay Institutos ocupados en lo que hacen como toda la vida, y que sean otros los que se enfrenten a la realidad presente-futuro. Si el futuro de la Vida Consagrada se decide en nuestra ausencia no nos libraremos de sus consecuencias.
Hemos de re-diseñar nuestra vida, por eso el Capítulo es el mejor punto de partida. Si no lo hacemos, las fuerzas de la sociedad no nos esperarán para que demos con una respuesta. Una mano invisible nos llevará donde no queramos.
La situación en la que se encuentran hoy no pocos Institutos es parecida a la parábola del Administrador infiel: ¡herencia carismática en estado crítico! No podemos quedar parados para ver qué sucede. Llega el momento, es la hora de actuar con la sagacidad del personaje de la parábola de Jesús: “el amo alabó al administrador infiel por haber actuado sagazmente; porque los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz” (Lc 16, 9).
En momentos críticos, Jesús, nuestro Señor resucitado, nos pide sagacidad y decisión. Como hijos de la luz no hemos de recurrir a malas artes, sino utilizar las armas de la luz. Así nos lo recomienda el Espíritu a través de la Palabra: “…abandonemos las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz…” (Rm 13,12). “Si caminamos en la luz, del mismo modo que Él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado” (1Jn 1,7).
Al Capítulo se le pide: “sagacidad y luz” en un momento decisivo, que es el presente, el hoy. Ser personas astutas o mejor “prudentes” que previenen los acontecimientos. “Sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10,16); ¡no solo inocentes, sino también astutos! Entendiendo estos términos desde una visión positiva, es decir, dejarnos llevar por la Palabra, y con y desde ella tener la capacidad de ser “creadores”, hoy la propia Iglesia nos pide “creatividad”. Hoy se habla de “minorías creativas”. Si esto es así, la cuestión es detectar y encontrar esa minoría. El porvenir de la Vida Consagrada solo puede venir del vigor de quienes tienen raíces profundas y viven su fe y su vocación en plenitud. Y esto, solo viene de los auténticos místicos del siglo XXI. Pero no vendrá de quienes solo dan recetas, o de aquellos que solo se acomodan al momento presente, ni de quienes solo critican a los demás tomándose a sí mismos como referencias infalibles, ni de quienes escogen solo el camino fácil.
La Vida Consagrada está cambiando su forma. Se parecerá a “minorías”, “pequeños círculos de personas convencidas, creyentes, apasionadas y unidas por un carisma del Espíritu compartido”. Será la Vida Consagrada de las pequeñas minorías que no necesitará de grandes espacios, ni complicaciones económicas que siempre son complejas. Se deberá organizar de forma más modesta y ya ocupará otra posición en la sociedad. “No extingáis el Espíritu… Probadlo todo. Y quedaos con lo bueno” (1Tes 5,19-21).
Y con esas “minorías” el Capítulo debe descubrir lo que el Espíritu “desea”, “quiere realizar”, qué semilla quiere sembrar. ¿Qué sembraremos en el Capítulo? ¡Hemos recibido un carisma, un fuego, y somos responsables de hacer que no se apague! La tarea es “re-actualizar el carisma y re-organizar y ofrecer una organización que no aplaste la vida. Hay que reunirse en un nuevo “cenáculo”, y formar una “Fraternidad” de inclusión, de los diversos. Hay que crear nuevos modelos fraternos, nuevos modelos de espiritualidad, de liturgia, de formas de aparecer en la sociedad…, hay que introducir “el deseo” de nuevas generaciones. Las nuevas vocaciones han de ser suplicadas. Como Tobías y Sara oraron a Dios… Pero se trata de una oración que nos afecte para hacer de nuestras comunidades habitables y nuestras personas con valores.
Y si la fe es auténtica y confiada, entonces hemos ya de preparar la casa, las comunidades para lo que vendrá. No solo pedir, sino confiar en que la oración será escuchada… aunque no sepamos cómo.
La juventud del presente se manifiesta como una señal del Espíritu, nos toca intuir lo que nos pide el Señor.
Bitácoras
