Señor, ¿a quién vamos a ir? Sólo tú tienes palabras que dan vida eterna
¡Hola! amigo Jesús, el de Nazareth.
Gracias por estar cada día de la semana esperándome. Y se me llena la boca cuando te digo: “amigo”, Y se me suben un poco los colores porque sé que somos amigos gracias a ti que eres amigo, el único y mejor.
Yo, ya sabes, a veces… tú me conoces y a veces “flaqueo”…
En el evangelio dices la palabra que más me sacuden por dentro. Y no porque sean las más importantes que has dicho, sino porque me tocan la herida que duele, me descubren el miedo más visceral que siento: el miedo al fracaso, el miedo al abandono de la gente. Y ya sabes que somos así, frágiles, de “barro”. Y hoy también me preguntas: ¿te quieres ir?
Lo tuviste que pasar fatal. Ver que todo se desmorona, asumir el abandono de los amigos, asumir y empezar de cero, asumir el quedarte solo, asumir que el Reino de Dios no va “palante…” Tuvo que ser no sólo terrible, sino duro, de ese dolor que toca el alma. Seguro que tuviste que echar mano de tus raíces más hondas: nunca traicionar la verdad, aunque te duela, y nosotros con qué facilidad “mentimos” aunque después en la confesión decimos “unas mentirijillas sin importancia”, y tú sabes Señor, que la Verdad es siempre Verdad, y las “mentirijillas” son siempre Mentiras; ser fiel al Padre cueste lo que cueste, amar a la gente no con la palabrería dulzona que desean oír, sino con la verdad dura de ser coherente hasta el final.
El evangelio dice que muchos te abandonaron, y te atreves a preguntar al grupo más cercano: ¿también se quieren marchar? Y tú, hermano, hermana… Canario/a, pues ya con esta carta a Jesús, me despido de todos los Canarios, pues, vuelvo a Península, aunque desde allí os seguiré escribiendo y sobre todo rezando por vosotros los hijos de esta maravillosa tierra que sois las Islas, bueno “mis Islas Canarias”. Gracias.
Bien sabes que hoy nos está pasando lo mismo, que muchos se van, y no sabemos bien el motivo, la razón... pero nos toca a nosotros buscar “soluciones”, aunque lo cierto es la vuelta a la vida comunitaria de la Iglesia la tienes tú Señor mío y Dios mío.
Pero hoy no te abandonamos por escucharte palabras fuertes, invitadoras a crecer. Hoy te abandonamos por aburrimiento, porque tus palabras no nos tocan, porque las hemos convertido en palabras de libro y no nos sacuden ningún cimiento. Las hemos matado antes de escuchártelas y nos vamos sin la sensación de haberte abandonado, y sin la pena de habernos perdido la gran oportunidad de la vida. Como dice el profeta Jeremías: te hemos abandonado a ti, fuente de agua viva, y nos dedicamos a beber de las fuentes agrietadas que no retienen el agua. ¡Y a la desesperada!
Señor, yo sé que me quieres. Que lo sienta más o menos no importa tanto. Sé que me quieres, que de ti me puedo fiar aunque no entienda. Como Pedro, también yo puedo decir que no me voy a ir porque también yo sé que tu Palabra me da vida. Que me siento muy vivo, y eso te lo debo a ti. Gracias buen amigo.
A la Iglesia le has hecho el encargo de gritar tu Palabra. Señor, que no seamos parlanchines que decimos palabras vacías de vida. Que sea tu Palabra, provocadora a tope, y no la nuestra la que escuchen. Y si alguno, después de escucharte, se quiere ir… que el Padre que lo querrá siempre lo acompañe.
Hasta el próximo domingo, amigo Jesús.
Bitácoras