Estimado y amigo Jesús tengo cosas que decir y sobre todo tengo una ilusión: que el Padre, el que los quiere a todos y al mundo entero, que el Hijo, el que ha venido para que tengamos vida en abundancia, y que nos ha llamado a trabajar en su viña, y que el Espíritu que derramado sobre el mundo está haciendo nuevas todas las cosas, ponga sus palabras en mi boca. Y que esto sea un compartir de corazón a corazón de un hermano con sus hermanos, que seamos en verdad como pedía, y pide San Francisco de Asís: “Sed Fraternidad evangélica”. Lo demás, que lo haga Dios, el que mueve los corazones. Que alegría, saber que Dios está interesado en mover mi corazón hacia el Santo Evangelio, es ¡maravillosos!
Y con Evangelio en la mano recuerdo aquellas palabras del Señor “…haced lo que les dicen, y no lo que hace, porque no hace lo que dicen…” (Mateo 23, 3). Y siento su llamada cuando dice: “Médico, cúrate a ti mismo” (Lucas 4, 23). Ojalá lo intentemos. Pero también pienso, ¿por qué no decirlo si es bueno? ¿Por qué no invitarlos para que hagan lo que yo no soy capaz de hacer? Y aquí estoy como un atrevido, sí, reconozco a veces Señor soy un poquitín “atrevido”. Espero no ser un charlatán de feria de pueblos si es que hay feria.
La Misa es mucho más que lo que aquí vamos a proponer. Hasta de lo poco que yo sé sobre ella se me quedarán muchas cosas en el tintero. Muchos aspectos litúrgicos, espirituales, pastorales etc. ni siquiera se tocarán. Incluso los aspectos sociales, tampoco se tocarán todos. La verdad es que no me gusta cansar al lector. Hay que tener muy claras algunas cosas antes de celebrar la Eucaristía, porque si no corremos el riesgo de hacer un rito y sólo un rito vacío. Corremos el riesgo de que San Pablo nos pueda decir: “eso que hacen ya no es la cena del Señor” (1|Cor. 11, 20) Y me pregunto si muchas de nuestras celebraciones lo son en verdad. Y muchas Misas “oficiales”, con no creyentes, en las que hay amigos y enemigos, explotados y explotadores serán de verdad la Cena del Señor, la celebración de la fe común, de la fraternidad que nos une, del compartir todo entre hermanos, como hace Jesús y como nos enseña la fe de la Iglesia.
El Hijo de Dios se ha hecho carne. Dios ya tiene, en Jesús, humanidad. La carne, toda carne es sagrada. Todo ser humano está iluminado por la luz de Dios (Juan 1). Antes, Dios era el que está arriba, Dios era el Otro. Ahora Dios está abajo, Dios está en el otro. Antes los otros podrían distraer del camino que lleva a Dios. Ahora el ser humano es el mejor camino para llegar a Dios, porque en el ser humano, que es su templo. ¿Quién podría decir que Jesús no hace con los pobres lo mismo que hizo con el pan en la Cena: “cogió a los pobres en sus manos y nos dijo: acójanme, cuídenme, que esto es mi cuerpo”? y el apóstol Mateo 25, 34-40: “Cómo vas a amar a Dios a quien no ves, si no amas a tu hermano que ves” y en el apóstol y evangelista Juan: I Jn 4, 20: “Si vas a llevar tu ofrenda al altar..”. Mateo 5, 23. “Ustedes son el cuerpo de Cristo” I Cor 12, 27: El camino que la Iglesia tiene que recorrer es el camino de la persona humana (Juan Pablo II). El sí o el no que demos al ser humano. El bien o el mal que sembremos. El compromiso o la indiferencia que vivamos son la gente es ya fe vivida o falta de fe. El cómo vivamos, capacita o imposibilita para el encuentro con Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo y Padre de todo ser humano.
DIOS: amor, donación, comunión…; Todo el que ama, ha nacido de Dios y conoce a Dios. Solo conoce a Dios Amor el que ama. Si nos amamos, Dios está en nosotros. Si nos amamos nosotros estamos en Dios. Jesús no entregó su cuerpo y sangre a Dios, sino a la humanidad. Pero fue el mayor acto de culto y alabanza al Padre (Carta a Hebreos) “Tú no quieres sacrificios... aquí estoy…”
San Pablo nos dirá: “ofrézcanse como hostias vivas” “Y hagan del amor la norma de su vida, a imitación de Cristo que nos amó y se entregó a sí mismo como ofrenda y sacrificio de suave olor a Dios” y en Efesios 5, 2: La vida vivida en amor, más que las ceremonias, es lo que el Dios Amor quiere de nosotros. En el Apocalipsis 21, 1-7: El Dios que hizo, cuando creó, un paraíso...El Dios que ve oye y conoce los sufrimientos del pueblo de Israel en Egipto... ve nuestro mundo y ve, división, enfrentamiento, llanto, muerte... Ve el cielo viejo y la tierra vieja donde sus hijos lo pasan tan mal.
Y yo Señor, quiero “soñar” con un cielo nuevo y una tierra nueva donde todo eso no suceda. Y se ha puesto a trabajar para que vaya surgiendo. “El Padre siempre trabaja” (Juan 5, 17), nos dice Jesús. Este mundo nuevo lo ha comenzado con su Hijo, que “pasó haciendo el bien y curando las dolencias del pueblo” (Hechos 10, 38). Y lo quiere seguir haciendo a través de los hombres y mujeres nuevos, a imagen de su Hijo. Todo encuentro que se pretenda sincero y auténtico con Dios no puede olvidar este sueño de Dios, por el que El mismo trabaja y al que Jesús entregó su vida. Es lo que llama el Reinado de Dios. Esto es lo que hay que buscar primero y lo demás vendrá por añadidura. (Mateo 6, 33).
Llevar el cuerpo a Misa y ponerlo un tiempo, como se ponen los muebles. El que lleva sólo el cuerpo, ¿dónde ha dejado la vida? Somos mucho: sentimientos, amigos.... ¿Cómo se va a llenar de luz, si no...? ¿Cómo va a cambiar si no la confronto...? Hay que traer la vida. Hay que venir de la vida. Hay que bajar del Tabor. Hay que dejar de mirar al cielo. Hay que mirar a donde el Padre mira: al mundo, al que tanto ama, que le entregó a su Hijo (Juan 3,16). ¿Qué hizo Jesús sus treinta primeros años? Mirar la vida y mirar al Padre, oír a la gente y oír al Padre. Sólo tuvo tres años para juntar las dos cosas. Treinta y tres años aprendiendo a querer a la gente, a entenderse como un pan que alimenta la vida de otros. Treinta y tres años aprendiendo a amar hasta que duela. Treinta y tres años viviendo, preparándose, para que fuera muy verdad, una cena, un gesto, una entrega. O lo que es lo mismo: su Misa duró treinta y tres años. El mejor acto de culto a Dios fue largamente preparado.
En san Lucas (Lc 16,19-31). El rico epulón y Lázaro; Y he visto a los Herodes que se visten de religiosos, pero matan niños y eliminan a los contrarios. He visto un mundo dividido: Unos tienen todo, otros nada, unos pueden y otros son oprimidos por los poderosos. Unos se creen más grandes y más buenos y desprecian a los demás. Pero he visto también huellas de Dios en el corazón de las personas, he visto hijos que, aunque dicen que no van a la viña, luego terminan yendo y haciendo lo que el Padre quiere. He visto gente generosa dispuesta a dar todo para que la vida sea abundante para todos.
Y he oído los gritos y he visto las lágrimas de los oprimidos, de los pobres, de las madres que han perdido a sus hijos, de los leprosos de cualquier tipo que se sienten despreciados y marginados. He visto gente tan ciega que no ve sentido a lo que viven. He visto personas a las que Dios hizo grandes y viven paralizados por el miedo y por un sistema que sólo quiere de ellos que sean consumidores. Y he visto también a Dios poniendo consuelo en tantas lágrimas y paz en tanta violencia. He visto a Dios dando amor especial a los que carecen de todo.
Y he visto cubos de basura llenos de comida que se tira. Y he visto pobres rebuscando en ellos. Y los he visto más pobres aún, que ni siquiera encuentran cubos donde rebuscar y mueren de hambre. He visto gente crucificada en los hospitales, en las cárceles y en los centros psiquiátricos. He visto gente crucificados, por amor a la vida y a los suyos, crucificados en una patera (en las costas Canarias) o en un instrumento de tortura.
Y he visto ancianos abandonados o aparcados en Asilos (hay que descubrir Asilos de Religiosos/as, de Asilos del “sistema”) donde les dan de comer pero les falta el amor y el agradecimiento por tanto esfuerzo y tanto trabajo. He visto niños explotados de tantas y tan viles maneras. He visto mujeres a las que aún se las sigue tratando, en todas las instancias, como si fueran de segunda categoría. Y me duele especialmente cómo las trata la Iglesia (a veces). Y he visto mucha gente buena que calladamente hace el bien, gente que se entrega, que se quema para que otros vivan más y mejor, para que otros encuentren al Dios que los quiere.
Y he oído que somos mil doscientos millones de católicos. Y me da vergüenza pensar que aún no hayamos acabado con el hambre en el mundo. He oído decir que los pobres son los predilectos de Dios, y que Cristo está presente en ellos, y los he visto morir al mismo tiempo que he visto despilfarros en adornos en las imágenes y en los templos. Despilfarro de millones en flores y en fuegos artificiales. He visto miles y miles de personas detrás de imágenes muertas de Jesús en las procesiones, y me pregunto si luego van a ayudar al Jesús vivo que tienen sed, que están enfermos o sufren…. Y me temo que muchos no van. Y me temo que a algunos ni siquiera les remuerde la conciencia.
Y vengo herido por tantas heridas. Pero vengo también con sueños y esperanzas. Vengo al encuentro del que ha vencido todo mal (todo este mal). Vengo al encuentro del que quita el pecado del mundo. Vengo al encuentro del que hace nuevas todas las cosas, al que es capaz de poner alegría en el llanto y resurrección en la muerte. Vengo al encuentro del que confía en mí, me da nuevas oportunidades y, por eso, me dice: “Hay que volver a nacer”.
Y vengo a la mesa del Padre nuestro, mío y de todos esos que he encontrado heridos en el camino. He venido a hablar y a escuchar al Padre que ama a sus hijos. He venido a hablar de mis penas y de las de mis hermanos. Vengo para que el Padre me hable de esos hijos que sufren y, aunque me duela, a que me haga la pregunta que hizo a Caín: “¿Dónde está tu hermano?” (Gn, 4, 9). He venido a confrontar mi vida con Jesús, mi quehacer con el suyo, mis prioridades con las suyas. He venido a mirarme en Aquél a quien llamo “Señor”. He venido a comulgar de nuevo con Aquél con quien he comulgado en toda persona a la que me he acercado, Aquél que se ha hecho carne en toda carne.
Como un hijo entre hermanos. Con Jesús que siempre que nos reunimos en su nombre, está en medio de nosotros. Nos hacemos un poco más uno, como Jesús quiere. Me siento con el oído y el corazón atento, para escuchar buenas noticias. Escuchar la bienaventuranza que el Padre ha escondido en las situaciones más difíciles. Para confirmarme en la fe de que la misericordia y la fidelidad de Dios son eternas y que se nos han manifestado en su Hijo Jesús. Escuchar al ángel Gabriel, que hoy otra vez, nos repite: “para Dios nada hay imposible” (Lc 1, 37), lo que nos permite seguir soñando. Escuchar a Juan que certifica que Jesús nos da su mismo Espíritu y nos dice: Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros. (Jn 20, 21-22). Escuchar a Mateo contarnos de nuevo cómo fue el paso –la pascua—de Jesús por entre la gente ayer, y cómo quiere pasar hoy.
A la Mesa me siento, como un niño asombrado ante la lección del Maestro. Y veo que Jesús no se conforma con ofrecer las ofrendas rituales. Él es la ofrenda. Él es el Cordero sacrificado para bien del pueblo. Él es el pan partido y el vino derramado. Él es el Señor que lava los pies, y no como un rito, como podemos hacer nosotros, sino como la actitud fundamental de su vida. Pedro entendió el gesto del lavatorio después, cuando vio a Jesús muerto por servicio a la humanidad. Eso sí que es rebajarse. Eso sí es difícil de entender. Y oigo a Jesús que me dice: “Come, esto es mi cuerpo”. Y me siento dichoso de ser invitado a comer de este Pan. Pero no puedo menos que preguntarme: ¿A quién le digo yo, come, este soy yo? Me entrego por ti. Tengo tantas ganas de que vivas más y mejor, que me pongo totalmente a tu servicio. ¿Cuenta conmigo para lo que quieras, aunque me cueste? Cuando en la comunión digo, o me dicen: “el cuerpo de Cristo”, tengo que recordar que Pablo nos dice: “ustedes son el Cuerpo de Cristo”, La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Y que esto significa que ¡¡¡Nos comulgamos unos a otros!!!
Y, viendo al Maestro y viéndonos a nosotros, me pregunto, ¿cómo podemos celebrar en nuestras Misas que Jesús se comparte, y alabarlo y felicitarlo, y beneficiarnos de que Él lo haga con nosotros, si luego nosotros apenas compartimos? ¿Cómo celebrar su entrega si nosotros apenas nos entregamos?
Y por todos los lados me lleno de su presencia. Él es la Palabra viva, Él está en los hermanos, Él es la ofrenda, Él es el cordero, Él es el pan y es el vino. Y me dice, y nos dice a todos: VAYAN. Los envío con el mismo encargo con que el Padre me envió. Los envío a este mundo viejo, donde hay tantas cruces, tantos llantos, tantas injusticias, pero también tantas semillas de Dios. Los envío como cirineos y buenos samaritanos. Y, no teman, yo estaré con ustedes hasta que termine este mundo. (Mt 28, 20). Vayan, mi Espíritu les guía, para que hagan en la tierra lo que se hace en el cielo. Para que hagan más verdad y más cercano el sueño de la Humanidad, que también es el sueño de Dios un cielo nuevo y una tierra nueva.
Y a la vida vuelvo pero lleno de su fuerza y de su presencia. A la vida vuelvo en comunión con el que ama a la Humanidad hasta dar la vida. A la vida vuelvo en comunión con el Resucitado y lleno de su Espíritu. A la vida vuelvo con un encargo: decir su buena noticia y pasar haciendo el bien. A la vida vuelvo para reunir a los hijos de Dios dispersos y hacer de ellos una familia.
Como el samaritano en Lc 10, 39-37, con un poco de aceite y vino porque en la cuneta me encontraré con hermanos heridos. Quizás el sacerdote y el levita, por aquello de la impureza, pasen de largo. Pero esa no es mi fe. Yo creo que ayudando a quien me necesite, estoy viviendo el único mandamiento, en el que se resumen todos los mandamientos de la ley y los profetas. Y que hacerlo así, vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Con el deseo de ayudar a Dios en eso de hacer el cielo nuevo y la tierra nueva, de enjugar lágrimas y de vestir un poco más de gala , es decir, de amor y de gracia, esta humanidad, aunque también sé que, en definitiva, el Reino se pide, porque es regalo de Dios. Con un grito en la garganta: He visto a Jesús asesinado por la injusticia, la mentira, los intereses, el poder que oprime. He visto a Jesús arrancado de la tierra de los vinos por los grandes de la economía, de la política y de la religión.
Vengo de la Misa y vuelvo a la vida, donde todo eso sigue sucediendo. Hemos de pedir a Dios que nos dé el espíritu y la fuerza de los profetas para gritar, con amor y por amor, contra la injusticia y la mentira que sigue asesinando inocentes. Quizás alguna vez habrá que llamar “zorra” a los Herodes de hoy, o a llamar “hipócritas” a los hipócritas. Pero las palabras fundamentales serán: bendición, perdón, paz, justicia, amor, hermano, compartir.
Y, porque me encontraré con gente hambrienta, aportaré mi generosidad para que pueda repetirse el milagro de multiplicar el pan. Y, porque encontraré sedientos y desnudos compartiré lo que tenga. E invitaré a otros a hacer la justicia de que a nadie falte lo fundamental. Y, porque me encontraré con tantos y tantos forasteros, seré acogedor y tolerante. Y buscaré caminos de integración y humanización. Y, porque encontraré enfermos y presos estaré cerca. E intentaré ser consuelo de Dios y causa de humanización de sus vidas. Al final hay que reconocer que lo de la encarnación es tan hondo, tan verdad que de la vida venimos y allí está Jesús. En la mesa nos sentamos, y allí lo encontramos y a la vida vamos donde nuevamente Él está hecho carne en toda carne. No es suficiente, no es verdadero buscar, servir y adorar sólo al Cristo de la Misa, porque el mismo Jesús de la Misa está, esperando nuestra ayuda, en toda persona que nos sale al encuentro. Yo sé que el Evangelio es más, mucho más que lo que yo acabo de exponer. Gracias a Dios. Pero tengo la convicción de que esto también es Evangelio.
Los hijos reunidos en torno a la mesa común del Padre. Y Jesús en medio, porque, “donde dos o más...”. Venidos desde todas las edades, mentalidades, situaciones, pero ahora hermanados. Es aquello de “vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur y se sentarán a la mesa...” (Mt 8, 11). Todos ofrecen el pan y la vida y se ofrecen a sí mismos, porque se aman, como la mejor ofrenda a Dios, para que se cumpla el sueño del Padre. Todos, como María, cubiertos por la sombra del Espíritu, que hace nuevas todas las cosas. Que transforma el pan y el vino, y transforma los corazones haciéndolos a imagen del de Jesús. Todos haciendo el milagro de ser uno (pensar y sentir lo mismo, nos dice los Hechos de los Apóstoles, compartir todo, la vida y los bienes...). Todos haciendo verdad aquello de San Pablo de que, “los que comemos un mismo pan, nos hacemos un solo cuerpo” (I Cor 10, 17). Todos unidos, todos en comunión con Jesucristo, como la vid y los sarmientos, vencedores ya del mal y de la muerte, porque en la resurrección de Jesús todos hemos resucitado. Todos llenos de la fuerza y de la presencia de Jesús y de su Espíritu, que salimos a este mundo viejo para trabajar por hacer de él un mundo nuevo.
Bitácoras
