¡Hola, Buen amigo!
Divino Señor que eres Evangelio vivo, Buena Noticia de Dios. No sabes lo me alegra saber cada día cuando no sólo leo, sino, cuando medito tu Evangelio, al final, siempre que te busco, siempre te encuentro, porque tú siempre estás esperándome, porque eres “el Jesús del Evangelio”, el amigo de los pecadores, el que amas con paciencia, generosidad, alegría... ¡Siempre esperando!
Y en el Evangelio de este domingo (Jn 6, 24-35) dice: “…que la gente buscaba a Jesús”. La verdad es que no sé, ni siquiera sé de cada uno de los lectores…, pero a mí sí me llama la atención ese empeño de la gente, tus paisanos que te buscaban…, también Jesús un poco te quedabas “dudando”. Porque te dabas cuenta que te buscaban, o más bien te buscamos no por los “milagros”, ni por el “pan que comieron…”, y el “pan que comemos”…, y lanzaste ese gran interrogante: “No deberían preocuparse tanto por el alimento que pasa, sino por el duradero, el que da vida en plenitud, el alimento que les dará el Hijo del hombre, a quien Dios Padre ha enviado”.
Y Señor, no sé, pero siempre los humanos, también los cristianos entramos en el “rifi-rafe”, parece que disfrutamos. Aquella gente que te buscaba, tus paisanos se pusieron a replicarte: “¿Cuáles son tus credenciales para que creamos en ti? ¿Qué es lo que tú haces de especial? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio a comer pan del cielo…” Y ya ves, te tocaron la “fibra” y tú Jesús respondiste: “Os aseguro que no fue Moisés el que les dio pan del cielo”. Y con mucho “coraje” les dijiste y nos dices abiertamente: “Mi Padre es quien les da el verdadero pan del cielo. El pan que Dios da, baja del cielo y da vida al mundo”. Entonces te pidieron: “¿Señor, danos siempre de ese pan?”. Tu respuesta a ellos y a nosotros fue clara: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí, jamás tendrá hambre; el que confía en mí, jamás tendrá sed”.
En este domingo, no hablo ya de que nosotros que ciertamente te buscamos, ¿te buscamos? o no, porque yo estoy más convencido que eres tú eres el que nos buscas. Has venido a buscar a los hijos de Dios perdidos y estás continuamente saliendo a todos los caminos por si se nos ocurre coger hoy esa vereda, porque Tú eres “el camino, la verdad y la vida”. Nos sales al encuentro en la fiesta y en el duelo, en el acierto y en el fracaso. Tú siempre muy atento, muy en la tarea que el Padre te confió, y nosotros muchas, muchas veces despistados, hasta el punto que no nos enterarnos.
Cuántas veces, Señor, tú buscando mi mirada y yo no me entero porque estoy mirando el escaparate, y lo otro, y pensando en no sé qué historia, y ojeando la cartera, y un sin fin de cosas. Tú ofreciéndome vida en plenitud y yo simplemente entretenido en hacerla cómoda y placentera...
Señor, ¿Cómo te voy a encontrar? Y ¿Cómo me vas a encontrar?
Y que generosidad la tuya que nunca me das por perdido. ¡Gracias! Y nunca dejarás de buscarme. ¡Gracias! Y nunca me buscarás por lo que te doy. Lo tuyo es gratis. ¡Gracias! Y nunca me reprocharás mis enredos, mis infidelidades, mis despistes, porque no vienes a “pagar” lo que nos hemos ganado. Vienes a regalarnos el Amor “no ganado” del Padre. ¡Gracias Señor! no te canses nunca (sé que no te cansarás) de buscarme, de buscarnos, porque a pesar de nuestras “tontunas”, o como los canarios: “nuestras bobadas”, tú Señor nos quieres y mucho.
La paciencia de Dios es compañera de tus pasos. Lo tuyo es regalar y lo nuestro es comerciar. Doy para que me den, soy bueno para ir al cielo, oro porque siento un regocijo, amo para que me amen, perdono para que me perdonen, te busco por… ¡Cuánto tengo que aprender, cuánto que crecer, de cuántos apegos tengo que desprenderme! ¡Cuánto tengo que abrir los ojos para verte! ¡Cuánto tengo que abrir los oídos para escucharte! ¡Cuánto tengo que abrir el corazón para acogerte!
Gracias, gracias por estar siempre ahí dejándote ver, hablando al corazón, insinuándote de mil maneras. En el momento de la vida en que me encuentro, ya no estoy para retoques. Contigo tengo la suerte y la oportunidad de volver a nacer. No es cambiar ritos o creencias, es vivir la vida desde otro centro: Tú. No es no hacer daño, es hacer el bien hasta que duela. No es decir oraciones nuevas, es sumergirme confiado en las manos del Padre para decir como tú: “aquí estoy para lo que quieras”. Que así sea, y me pregunto cómo el poeta (Lope de Vega): “¿qué tengo yo que mi amistad procuras?
Bitácoras