Carisma…, Profecía... (Vida Religiosa)
La Sagrada Escritura al hablar de la vocación siempre lo hace en referencia a la misión. El llamado es enviado a alguien o a algo. De ahí, que la mayoría de los carismas fundacionales han surgido porque alguien se ha sentido llamado por Dios a dar respuesta. La compasión de Dios que llama y el hombre que es llamado, es origen de todas las vocaciones y misiones bíblicas: Abrahán, Moisés, Moisés, Samuel, Elías, Eliseo, Sara, Rebeca, Débora, Rut…; la respuesta clásica: “No temas, yo estoy contigo” (Éx 3,12; Jos 1,5; Ez 2,6…), los llamados son agraciados con signos que acreditan su misión y consagrados con la fuerza de lo alto…; en el Nuevo Testamento se repite prácticamente el esquema. La llamada al seguimiento, implica llamada y misión. La vocación y misión de la vida religiosa, el grupo de los doce ha sido siempre el punto central de referencia: los Apóstoles –enviados-. “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mt 4,18). El seguimiento les pone en estado de misión y con el destino de Jesús, y también con el destino de la humanidad.
Los seguidores no actúan por propia cuenta, sino enviados. Jesús les envía como precursores, los que preparan los caminos del Señor. Ya Jesús al salir de las aguas del Jordán: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la buena nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos, y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19). Los apóstoles son bautizados en el Espíritu en el comienzo de su ministerio pospascual. La efusión del Espíritu es la señal de los tiempos mesiánicos (Hch 2, 17-21).
Seréis mis testigos (Hch 1,8). La misión esencial de los apóstoles es dar testimonio de la resurrección de Jesús y de toda su vida pública, pasión y muerte. No testigos de meros hechos históricos, sino y sobre todo del significado y del valor salvífico y liberador de la vida, pasión y muerte de Jesús. La Resurrección es la confirmación por parte de Dios de ese valor salvífico y liberador. El testimonio de la proclamación del Kerygma, catequesis, enseñanza, prácticas del Reino… y se consuma en el “martirio”, testimonio supremo.
Predicar el evangelio (Mc 3,14). El anuncio y la predicación del Reino fue ministerio central de Jesús. “Convertíos y creed en la buena noticia” (Mc 1,14-15). Y esta es la misión central de los apóstoles, pues, son elegidos por Jesús “para enviarles a predicar” (Mc 3,14). “Id y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he enseñado” (Mt 28,19-20). Las prácticas del Reino son todas las referentes a la filiación, la fraternidad, la justicia, la solidaridad, comenzando por la defensa y la solidaridad con los marginados, excluidos, migrantes…; una evangelización en acción. Son las “señales” evangélicas. Pero la gran señal y el gran testimonio es el amor fraterno y todas las prácticas de servicio y solidaridad que lo encarnan. De ahí el gran valor testimonial de la comunidad de Hechos (2,42-47).
El gesto supremo de amor, la señal definitiva de la presencia del Reino, es la entrega de la propia vida. El camino de Jesús conduce a Jerusalén (MT 16,21). La muerte de Jesús es el resultado lógico de su fidelidad en la misión. Por eso es redentora y liberadora. El camino y la misión de los discípulos debe conducir al mismo destino, por eso Jesús añade las condiciones del seguimiento y de la misión: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). La entrega es la consumación de la misión. El martirio es para la comunidad cristiana la suprema confesión de fe, el supremo testimonio del evangelio. Estamos en función del Reino. Sabiendo que la misión apostólica tiene también sus condiciones: misionar gratis; en pobreza radical; portando la paz; soportando la persecución; hablando abiertamente, sin miedo ni temor a los que matan el cuerpo; dispuestos a enfrentar contradicciones al interior de la propia familia; tomar la cruz y perder la vida por la causa de Jesús. Las condiciones de la misión concuerdan con las condiciones del seguimiento, porque seguir a Jesús es compartir su camino, su destino y su misión.
Bitácoras
