Carisma…, Profecía... (Vida Religiosa)
La Iglesia y la Vida Religiosa se han unido a esta búsqueda e intentan animar y revitalizar el mito original de la comunidad. Tras el Vaticano II, la eclesiología ha insistido en la necesidad de rescatar la dimensión comunitaria de la vida cristiana. La concepción de la Iglesia como “pueblo de Dios” permite devolver a la espiritualidad su dimensión comunitaria. “Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, constituyendo un pueblo”. La vida cristiana implica esencialmente la experiencia y la práctica comunitaria, como propio de la Iglesia, pero no como una exclusiva de la Vida Religiosa, pero sí como elemento constitutivo de la misma. La vida comunitaria de la Iglesia es compromiso de todo bautizado. Hay una infinidad de cristianos que viven una intensa experiencia comunitaria, sin vivir físicamente en una comunidad institucional. Desde su lugar de residencia fomentan la conciencia eclesial. Cultivan la solidaridad en un constante compromiso apostólico. Hay ejemplos que hoy siguen interpelando a las comunidades religiosas. Residir juntos no es necesariamente convivir, ni es la única forma de vivir la fe en comunidad.
Para la mayoría de los cristianos la comunidad cristiana primaria es su comunidad matrimonial y familiar. Esta nace del amor humano, reconocido como experiencia de fe en el sacramento matrimonial y asumido por el evangelio mediación del Reino. Otras comunidades –religiosas o laicales- nacen directamente de la fe común o de la experiencia evangélica compartida.
Sin embargo, es necesario indicar que la dimensión comunitaria de la experiencia cristiana ha encontrado en la comunidad religiosa una forma de radicalidad. Los orígenes de la comunidad religiosa tuvieron mucho que ver con el debilitamiento de la experiencia comunitaria y con la masificación de la Iglesia. Y en medio de esa “masa” surgió la comunidad religiosa como signo carismático y profético para toda la Iglesia. Teniendo siempre como modelo y referencia la comunidad de Hechos de los Apóstoles. Aunque también hay que señalar que a lo largo de la historia y lamentablemente, muchos han querido vivir radicalmente el evangelio, y han tenido que salir de la comunidad, porque ésta había perdido el sabor y el fervor evangélico. Esta dialéctica entre la comunidad y la persona, entre la convivencia y la soledad, entre el ideal comunitario y el ideal de la santificación personal.
La tensión entre estos dos ideales no es necesariamente una desgracia, sino una oportunidad para el crecimiento personal y comunitario. Pero ¿cómo conciliar la persona y la comunidad? ¿Cómo hacer que los individuos se conviertan en personas, para que no haya que sacrificar ni a la persona ni a la comunidad? ¿Cómo conseguir que la falsa espiritualidad individualista se convierta en verdadera espiritualidad individualista se convierta en verdadera espiritualidad personal, para que sea al mismo tiempo comunitaria? Buscar la santificación personal huyendo de la comunidad es un camino arriesgado.
La comunidad tiene dos finalidades irrenunciables: construir la Iglesia y favorecer la realización de las personas en su vocación. Sería triste inclinar la balanza a uno y otro lado, porque ambos son muy “peligrosos”…, y muchas veces se han justificado actitudes y comportamientos -por ambos lados-…, y un largo etc, que ha sido muy negativo para la Iglesia. Sólo Dios sabe cuántas venganzas secretas y acciones ruines se han vestido con estos propósitos místicos. Ha habido a lo largo de la historia comunidades en las que “santificar” era equivalente a “hacer sufrir” o a “probar la paciencia”. Por supuesto, no es este el camino por el que la comunidad religiosa debe buscar la santificación de sus hermanos y hermanas.
Bitácoras
