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“Seguimiento y comunidad”


15 Agosto 2024

Carisma…, Profecía... (Vida Religiosa)

En el principio de monaquismo, tenemos los anacoretas (que se caracterizaban por la vida en soledad), los cenobitas…, todos con mayor o menor conciencia de comunidad y comunión…, recordamos a aquellos que vivían en Palestina, se reunían los sábados y domingos, celebraban en común la sinaxis vespertina y la vigilia nocturna, y, al alba, participaban en la eucaristía y comulgaban bajo las dos especies. Luego tenían un ágape fraterno dentro de la iglesia.

Dentro de estos primeros pasos de la vida religiosa, nos situamos en el siglo IV, a partir de ahí se desarrollan distintos modelos de comunidad monástica, y de ahí nos vamos a San Benito de Nursia, que nace en el año 480, es tomado como el fundador del monacato occidental (Co-Patrón de Europa). La máxima de su vida ha inspirado a los largo de los siglos el “ora et labora” (ora y trabaja), síntesis de vida, unidad, contemplación y acción; soledad y silencio, el ideal la entrega completa del monje a Dios. San Benito ve la comunidad como plataforma para vivir en fraternidad una vida evangélica separada del mundo. Más tarde en el siglo XII surgen las comunidades franciscanas y dominicanas, concebidas como comunidades al servicio de la vida evangélica y de la misión apostólica. Las congregaciones e institutos modernos acentúan especialmente la dimensión misional y apostólica de la comunidad. La vida comunitaria adquirió tal importancia en la vida religiosa, que la comunidad ha sido considerada como el “consejo integral”. Condensa y resume todos los elementos de la vida religiosa: la vocación, la consagración y la misión.

La generación conciliar y posconciliar han visto conmoverse estos cimientos de la comunidad tradicional, clásica y liberal, en sólo unas décadas la vida de las comunidades han cambiado radicalmente, aunque hay que decir que tras el concilio Vaticano II, la vida religiosa asumió la eclesiología conciliar: apertura y diálogo con el mundo. La comunidad religiosa se extrovirtió y se liberó de muchas neurosis y psicosis... Ni la comunidad cristiana ni la vida religiosa deben ser una camisa de fuerza o un control policial de la libertad de los hijos de Dios. Aunque también hay que añadir que la secularización indiscriminada ha tenido sus efectos negativos, ha perdido parte de su dimensión profética y de su significación contracultural. La secularización es un fenómeno ambiguo. A  veces la vida religiosa “se ha adaptado al mundo ingenuamente”, contraviniendo la advertencia paulina. El modelo liberal se ha nivelado demasiado con los ideales seculares al uso. La mayor apertura al mundo no siempre nos ha hecho más presente evangélicamente en el mundo. La vida religiosa se ha adaptado mucho más fácilmente al sistema y a la cultura liberal que a los ámbitos culturales de ciertos extremismos.

Un individualismo destructor ha conmovido los cimientos de la comunidad religiosa. ¡Ojalá pudiéramos hoy hablar del individualismo como auténtica vía de realización personal! El verdadero problema está en el individualismo que pretende afirmar al individuo enfrentado a la comunidad, más que a la persona realizada en comunidad. Es un individualismo que cultiva vidas ambiguas y dobles pertenencias.

En la Vida Religiosa se dan hoy tendencias extremas, por lo que ante “tendencias”, es justo urgir la mística espiritual y la fraternidad que inspiraron la comunidad religiosa, y se sigue luchando por superar el modelo tradicional y liberal, para construir la comunidad “radical”. Se busca un modelo alternativo de “comunidad religiosa profética”, donde el único fundamento debe ser la experiencia teologal compartida y la misión en común. Y, sobre todo, se cree en el valor de la comunidad para el seguimiento de Jesús.

A pesar de las limitaciones y los fracasos, se ha andado mucho camino. Se ha tomado conciencia del problema. Se han humanizado las comunidades y se han personalizado las relaciones entre sus miembros. Se ha avanzado en el diálogo y en el respeto a los derechos humanos. Se ha avanzado en el camino de comunidades más sencillas, más fraternas, más atentas al clamor del pueblo. Aunque hay que reconocer que aún estamos muy “anclados” en viejos y trasnochados esquemas, donde escasea el buen diálogo, las normales relaciones fraternas, y a veces se escasea bastante la sencillez y sobretodo la sinceridad, he incluso el mínimo de respeto, porque a veces sobresale la “normativa…, el genio…, la postura, aquí se hace lo que yo mando…” del responsable de la comunidad. Y en tiempos o épocas de crisis los superiores “mayores”, deben de estar muy atentos, antes que dejar que un hermano/a se hunda…, y pierda el poquito “humus” vocacional, por dar paso al legalismo…, y largo etc. lo cierto es que hay que defenderse de la tentación del fundamentalismo y de las actitudes dogmáticas e intransigentes.