“Batti cinque”. Fueron las palabras de un fraile hace unos años cuando visitaba con un grupo de jóvenes el santuario franciscano de Greccio. No nos conocía de nada. Y nosotros recién acabábamos de visitar el convento y estábamos contemplando las increíbles vistas que hay desde allí arriba. Seguramente conversábamos, estaríamos diciendo alguna gracia, o quizás compartiendo algo profundo; la cuestión era que estábamos juntos, alegres y motivados por todo lo que íbamos descubriendo en esa peregrinación.
Y se acercó este fraile alzando la mano y diciendo en alto “¡Batti cinque!”. Al principio no sabíamos lo que decía, sólo veíamos a un fraile sonriendo con la mano abierta en alto por encima de nuestras cabezas. Y creo que fue el más avispado del grupo, Michel, el que se dio cuenta y empezó a chocar la mano con él. Y todos hicimos lo mismo. Fue un gesto sencillo, curioso y simpático que hizo que, entre desconocidos, aunque unidos por un mismo carisma, rompiéramos el hielo del desconocimiento y la distancia. Y, con alguna dificultad, ya que en aquel entonces nadie sabía italiano, empezamos a presentarnos y a decir de dónde veníamos y el porqué estábamos allí. El fraile parecía muy interesado en lo que le contábamos y nosotros también entusiasmados de poder compartir nuestras vivencias. “Coraggio, ragazzi. Avanti e buen camino. Che san Francesco vi continui a guidare”. Fueron las últimas palabras de este fraile antes de marcharse.
Y tengo que confesar que a veces este camino no ha sido fácil. Y supongo que igual sucede con los jóvenes a quienes acompañamos normalmente. Pero también tengo que admitir que he podido encontrar hermanos que me han ayudado a hacerlo, que han sabido acercarse, que han sabido tender su mano, y que a su estilo y modo han dicho algo semejante a ese “Batti cinque”.
En estos días he podido volver a Greccio y me he acordado de este episodio que sucedió hace unos años. Y he querido pedir en la gruta de Greccio, que siga siendo ese “Batti cinque” para los que me rodean, que todos mis hermanos al igual que yo sigamos siendo esa luz y testimonio que nuestro mundo necesita, y que san Francisco una y otra vez nos repite: “Comencemos, hermanos…”. Hoy al igual que ese fraile, quiero tender mi mano: ¡Batti cinque! ¡Choca esos cinco y sigamos caminando juntos!
Bitácoras