Hace unos días ponían en mi estado de WhatsApp “es todo un reto” junto a la foto de dos pirañas que me disponía a “devorar” …
Desde que llegué a estas tierras, hace ya algo más de 8 meses, cada día se ha convertido en un auténtico reto… el reto de conocer un lugar nuevo, el reto de conocer a estas gentes y sus costumbres, el reto de asumir unas responsabilidades que he ido aprendiendo cuando la situación lo requería… todo se convertía en un reto.
Pero “mis retos”, comparados con los de las gentes que me rodea y que voy conociendo, no tienen nada de especiales…
Por ejemplo, el reto de, vamos a llamarla Dulcinea, una madre de familia que no es todo lo feliz que se merece. Se fue a vivir demasiado pronto con un hombre con el que cumple su rol de mujer casada. Es madre de sus hijos, a los que cuida como cualquier madre de cualquier parte del mundo, quizás, en algunas ocasiones, superprotegiéndolos. Dulcinea debe hacer horas extras (muchas horas) para poder salir adelante; horas extras que, no pocas veces, se prolongan hasta altas horas de la madrugada. Ella sí que se enfrenta cada día al reto de vivir.
O el reto de Octavio, un señor que solo tiene unos cuantos años más que yo, pero que por la apariencia pareciera que llevara jubilado ya varios años. Octavio, después de haber formado una familia, después de haber tenido que buscar trabajo en un país vecino, se encuentra en la calle, porque su mujer y madre de sus hijos ha vendido todo lo vendible, todos sus recuerdos, toda su historia… incluso la foto de sus padres. Los hijos se han puesto de parte de la madre, porque es la que tiene la platita. Y este hombre, con una buena formación y titulación académica para poder ejercer como maestro, se ve mendigando cualquier trabajo que le haga salir de una situación casi de indigencia, ya que, en esta ciudad, si no eres de mi agrado, si no eres del color de mi partido, o si no me pagas algo (acá lo llaman coima), no vas a encontrar trabajo. Y después de algunos meses, encontrando siempre un impedimento nuevo por parte de las autoridades, ha decidido buscar suerte en otra ciudad más grande y con menos corrupción.
Para Octavio, el reto diario no era de si comía o no piraña… el reto era de si ese día comería o no, llegándose a desmallar en plena calle por debilidad al llevar varios días sin comer.
O el reto de Adelaida, una mujer de cuarenta y pico de años, que no tuvo una infancia normal porque tuvo un padre que no se portaba como se espera que un padre debe portarse, creándole un trauma psicológico que arrastra desde la infancia. Ahora, esta valiente mujer, después de enfrentarse a sus miedos, empieza a ser feliz.
Esta mujer, desde hace muchos años, va todos los días a su trabajo; trabajo totalmente manual que le ha provocado artrosis y que la ha condenado a tener una vejez dolorida. Adelaida debe sacar adelante a su hijita, ya que los otros hijos han salido del nido. Si Adelaida debe irse al monte (plena selva) con su pareja a sacar madera para reparar el bote que utiliza y poder llevar algún dinero, ella lo hace, y después tiene que ir a su trabajo. Eso sí que es todo un reto.
O el reto de los habitantes de esta ciudad para no enfermar, porque si enfermas, te ingresan en un hospital que carece de todo, literalmente de todo, y tengo experiencia de ello (Y la selva impone su ritmo). Carece hasta de un poco de anestesia para poder operar, teniendo una enfermera que tapar la boca para que los gritos del que está siendo operado no se oyeran demasiado.
Un hospital que está regentado por un grupo de personas que no son del “mismo equipo” de quienes están un escalafón por encima, es decir, los que gestionan el dinero que llega del estado para lo que el hospital pueda necesitar. Al no ser del mismo “color”, el presupuesto del hospital se queda a medio camino, y el hospital o, mejor dicho, los enfermos, sufren las decisiones de unos cuantos corruptos.
O el reto de tantas y tantas personas que cada día pasan por el despacho parroquial, y que, cuando le dedicas un poco de tiempo, te das cuenta de que lo que realmente reclaman, lo que realmente sucede, es que son ellos los que sufren los efectos de unos cuantos corruptos instalados en algunos de los organismos que dirigen el caminar de esta hermosa ciudad.
El hecho de que yo, un día cualquiera, me enfrente al reto de si comer o no un par de pirañas, no tiene ningún valor, porque yo puedo elegir qué comer cada día, incluso me puedo permitir el lujo de un día no cocinar e irme a uno de los muchísimos establecimientos de comida que hay. El verdadero reto es encontrar comida cada día. El verdadero reto es de si hoy voy a comer o no. Reto al que se enfrentan muchas madres cada día con sus tres o cuatro o cinco hijitos…
Esto me hace caer en la cuenta de lo afortunado que somos unos pocos porque podemos elegir; mientras que la gran mayoría de las personas que habitamos este planeta, se las ve y se las desea para tener, al menos, un plato de comida al día.
Ahora que me encuentro en un lugar en el que las necesidades son muy distintas y muy básicas, y miro las noticias de mi país, puedo intuir el rumbo que está tomando todo. Muchas personas viven ajenas al resto de sus vecinos. Se creen el ombligo del mundo, soñando con tener un celular mejor, o un coche más grande… simplemente viven perdidos, sin rumbo.
Todas estas personas que viven encerradas en su mundo, se están perdiendo lo más bello de la vida. Y para mí, lo más bello de la vida es vivir, vivirla siempre en relación con un tú que me pone en mi lugar, con un tú que me recuerda quién soy… pero también es entrar en relación con un Tú.
Ese Tú es el Dios de Jesús, que desvela su rostro crucificado en Dulcinea, Octavio, Adelaida, y en otros muchos más…; que nos enseña su mirada en la puesta de sol o en la lluvia copiosa; que nos recuerda su misericordia en la fragilidad de la enfermedad…
Cuando la vida es un reto, el desafío es sobrevivir. De la fe de estos hombres y mujeres que Jesús llamó bienaventurados, aprendo el reto de vivir el evangelio. Ellos me evangelizan con su esperanza dolida pero confiada en Dios.
Ese es el mayor de los retos posible, vivir la vida como si fuera el último día de tu vida.
¡Loado seas mí Señor por Dulcinea, Octavio, Adelaida… porque me enseñan a ser hermano!
Fray Francisco Miguel Antequera, ofm
Bitácoras