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Con un par y poco más


01 Febrero 2023

Sí, llevas razón, el título puede dar lugar a equívocos, pero como esto tengo que enviárselo a mi director pero que ya mismo, pues se va a quedar así, lo siento en el alma. Es una cuestión práctica que ya venía intuyendo desde hace tiempo y que mucha gente que me quiere me ha recomendado a menudo. Te lo resumo en un plis-plás: yo tengo el don de la complicación. Quiere eso decir que me gusta mucho ayudarle a la Divina Providencia, de modo y manera que, para facilitarle la vida a Dios y a los demás, por puro cariño, de verdad, lo planifico todo al microsegundo, previendo las distintas posibilidades y, para estar más seguro, imaginando hasta tres o cuatro variantes distintas de cada una de esas probabilidades. Y dicho y hecho, ¡ojo!, porque, además de pensarlo, preparo todas las cosas materiales necesarias para el plan A, para el plan B por si falla en plan A, y para el plan X, Y y Z, por si las moscas, porque uno nunca sabe cuándo se va a ir la luz, por ejemplo, y en un bolsa aparte echo las pilas alcalinas. Me vas captando, ¿a que sí?

Luego te puedes despreocupar completamente de lo que me hayas encargado, porque va a salir todo adelante, y bastante bien, y aunque se presenten esos imponderables que siempre acaecen, ¡tú tranquilo!, que ya había yo pensado en ello y tengo a mano la solución. En ese sentido es una gozada trabajar conmigo, porque va a quedar todo estupendo, pero a los pobres frailes que están a mi lado termino por fundirlos con mis morros, impaciencias y estufidos. Y yo, aunque contento y satisfecho, pues termino hecho unos zorros, que el otro día leí que es una expresión que se refiere al plumero ese de quitar el polvo que está hecho con un palito y unos trapos atados en su punta.

Bueno, pues es mentira. Mentira cochina. Lo de ayudarle a la Divina Providencia, digo. La vida es más simple, como me avisaban algunos, y se puede simplificar mucho sin dejar de amar ni un “celímetro cuadrado”, como dice mi hermano Juanito (no te fíes del diminutivo, que tiene ya nietos y este año le han caído los 70). Muchas veces basta con un par de cosas, y ya está. No por dejadez, por supuesto, sino porque, como ya intuyó Francisco de Asís, teniendo a Dios, que es Padre, apenas necesitamos nada más. Con un par de cosas, es más que suficiente. Entiendo que no te lo creas, y más viniendo de mí, pero es la pura verdad. Te cuento la última, y en primera persona, para que lo veas tú mismo. Al convento desde donde escribo esto vine de casualidad y para un día, para solucionar un asunto rápido. No me traje más que la camisa y el pantalón que llevaba, el pijama, la bolsa de aseo, un par de calcetines limpios y un par de lo otro (que no sé por qué se le dice “par”, por cierto).  Y llevo ya casi un mes aquí, porque surgieron otras cosas y hube de quedarme. El par de calcetines y el par de lo otro ya los he lavado, obviamente, y aquí hay frailes muy amables (perdón por la redundancia) que me han prestado camisas y todo lo demás. Pero, sinceramente, y en contra de lo que ha ido siempre mi práctica habitual, aquí me han enseñando que, para lo que realmente cuenta, para vivir con Dios y con los hermanos, con un par de cosas basta. Y muy poco más.

El título, por supuesto, no se refiere al “par” de calcetines o a la ropa interior. Sino a lo que verdaderamente es importante. Un par de hermanos. Un par de amigos. Un jefe y un superior como Dios manda. Una antigua alumna y una médica muy querida. Mi “helmana” (sí, con ele) y mi amiga sor Covadonga. Un par de buenos consejos. Un par de lugares impresionantes para orar. Dos recomendaciones muy sencillas para rezar la Liturgia de las horas. Una buena cama y una buena almohada, también. Una imagen de Cristo crucificado y otra de la Virgen… Es lo que te vengo diciendo desde el principio. Con un par de cada, y muy poco más. Que Dios te bendiga.