No es fácil practicar el arte de escuchar, porque tenemos la mente y el corazón llenos de mensajes que nos impiden escuchar y recibir lo que el otro nos dice; escuchamos con el oído, pero no con el corazón; por eso se escucha poco en general, porque andamos enredados y distraídos con múltiples ocupaciones, que muchas veces son entretenimientos, en donde las redes sociales y otros eventos externos nos tienen ocupados.
Cuando nos dicen que no escuchamos, en realidad nos están haciendo un favor, pues a veces estamos presentes con el cuerpo, pero ausentes en el espíritu cuando los mensajes van por un lado y nuestra mente por otro. Esta desconexión se manifiesta por medio de la mirada distraída, en los gestos, en las posturas, y en tantos pequeños signos de desatención.
Escuchar supone poner los 5 sentidos en lo que la otra persona nos dice (situación empática); centrándonos con alma, corazón y vida a la persona que tengo delante, dedicando el tiempo que sea preciso y acompañando con una mirada limpia y transparente, concentrados en lo que se nos dice incluso sin palabras.
La falta de escucha nos vuelve indiferentes; es una forma de aislamiento que nace cuando no nos interesamos por lo que otra persona expresa y no acogemos sus palabras con amor. Sin poner amor ni interés, cerramos el corazón y los mensajes no encuentran espacio en nosotros.
Escuchar es acoger, vivir en profundidad, regalarse por entero, sin juzgar ni condenar; sin interrumpir ni cuestionar las vivencias del que nos transmite, desde su propia visión, del asunto vivido. Regalar tiempo, silencio, cuidado… He ahí el éxito de una buena capacidad de escucha, que ofrezca capacidad de acogida y de no escandalizarse por lo que se nos dice.
Lo que más necesita la persona que «desnuda su vida» es no sentirse sola al abrir su vida ante el otro porque, realmente, le importe; porque le quiere y le ama como es en verdad, y no por intereses de otra índole.
En una sociedad como la nuestra donde todo el mundo quiere hablar de todo y dar soluciones rápidas, es preciso muchas veces saber que estamos ahí a tiempo y a destiempo, y que lo que deseamos es generar vida cargada de esperanza, acompañando sin tener respuestas para todo, sino más bien acallando desde el silencio compartido como un niño en brazos de su madre. Se trata de que no nos apropiemos de las personas y vivamos de gran libertad, para que cada cual sea capaz de asumir esa capacidad de vivir en verdad.
El texto de san Lucas (capítulo 24) nos enseña el arte de la escucha de Jesús, el Resucitado, que se pone a la escucha, haciéndose el encontradizo con los dos discípulos cabizbajos y sin esperanza, tristes y sin horizontes, y cómo la compañía silenciosa de los comienzos del texto se convierte en apertura, para recuperar la perdida ilusión y reconocerse, bajo la mirada del Maestro, en artífices de vida renovada, en el amor que experimentan de nuevo y lo comparten al vislumbrar nuevamente el sentido de la vida, cuando el amor alimenta el desaliento. Se dice que los discípulos, «después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén rebosantes de alegría» (Lc 24,52).
Que el Señor resucitado nos bendiga y, fortalecidos desde la comprensión hacia las demás personas, seamos «instrumentos de paz» al estilo del Hno. Francisco de Asís.
Severino Calderón Martínez, ofm
Bitácoras
