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Tiempos de cuidados


26 Junio 2025

Una de las tareas más hermosas que las personas debemos realizar en el devenir de la vida es desarrollar la ética del cuidado, expresada en la cercanía y el acompañamiento, a través de la escucha y la acogida, favoreciendo los encuentros y el diálogo; sin olvidar cuidar/curar heridas, abrazar corazones, atender a las situaciones samaritanas de la vida cotidiana.

Frente a los reclamos de la sociedad del bienestar —que gira en torno al pasarlo bien, viajar como disfrute y divertirse a toda costa— hemos de favorecer el encuentro con las personas, sin prescindir de los más débiles. La ética del cuidado nos compromete a descentrarnos de nosotros mismos y poner por delante a los demás; desde una espiritualidad de los ojos abiertos y una mirada contemplativa de la vida (cfr. Lc 5,12-16; 15,11-32). 

Nos toca cuidar las relaciones personales, facilitando el encuentro, la comunicación y la empatía —para ponernos en el lugar del otro sin ser el otro. Generar encuentros supone propiciar la convivencia, la reflexión compartida, el diálogo amable, la celebración de la fe y los acontecimientos de la vida; desde el silencio reposado, la oración paciente y las celebraciones compartidas y saboreadas a la luz del Espíritu: «Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él» (cfr. Sal 33,9).

Muchas otras mediaciones pueden facilitar el cuidado: la formación permanente en los diversos campos del saber humano, cristiano y eclesial, sin olvidar la dimensión espiritual, teológica y franciscana; sinodal y fraterna.

Para cuidar a los demás, es clave comenzar por cuidarse personalmente, cultivando una madurez de modo armónico en altura, anchura y profundidad; se trata de crecer en libertad, responsabilizándonos de nuestro propio crecimiento. 

Este tiempo de cuidados nos puede ayudar a descubrir la alegría franciscana, las relaciones felicitantes, la satisfacción de poner los dones que hemos recibido de Dios al servicio de los demás. Todo para vivir plenamente el santo Evangelio, para recordar que Dios cuida de cada una de sus criaturas y que a cada una la llama por su nombre.

La ternura en el cuidado es la criatura pequeña del amor: 
discreta, pero que todo lo abarca y nos pone al servicio de los demás, entregándonos desinteresadamente, «dando gratis 
lo que gratis hemos recibido» (cfr. Mt 10,8).

Fray Severino Calderón, ofm