Creer es un poco vivir a la intemperie, caminamos sin ver a Jesús, guiados por la fe, abiertos a la totalidad de su presencia, sin estructuras que nos protejan y viviendo ligeros de equipaje; con esperanza caminamos y la esperanza no defrauda (Rom 5,5), nos hace personas renovadas, entre sorpresas y encuentros que nos transforman.
Todos/as somos semillas valiosas; somos esa semilla buena lanzada por el labrador en la tierra, esperando pacientemente a que germine para recoger los frutos deseados. Esa tierra hace germinar la semilla, sin más intervención del sembrador hasta que se produzca la cosecha.
Una vez realizada la tarea, dando el sí de la confianza, solamente nos queda esperar a recoger el fruto. En esto consiste identificarnos con el Sembrador, el Señor, haciendo de nuestra vida una donación, un servicio y una entrega definitiva al modo de vivir de Jesús.
Dios se revela en las semillas y en las cosas pequeñas de la vida; palabras, gestos, vivencias… que puedan alegrar el «cada día».
En cada uno crece el Reino de Dios, cuando somos presencia suya:
- comunidad de personas transformadas por el amor de Dios;
- comunidad donde se vive el servicio y la gratuidad, desde el testimonio de sus miembros, como mensajeros de buenas noticias, colaboradores del proyecto de Dios en nuestras vidas.
- comunidad que celebra la vida y la muerte y se siente orgullosa de la vida que se nos regala como ofrenda agradable a Dios.
- comunidad que incorpora el sufrimiento como posibilidad de crecimiento cuando intenta comprenderlo como regalo hecho para creer.
- comunidad que hace todo de modo que nadie se entere. Todo lo hace “en secreto”, sin llamar la atención para nada, “en lo escondido” para que nadie lo note, es lo único que fe el Padre del cielo.
- comunidad que quiere ser palabra encarnada que se despoja como el Maestro de todo poder de gloria y “se hizo como uno de tantos” (Fil 2,7).
- comunidad que hace la misión desde en encuentro como El, “en espíritu y verdad” (Jn 4,23), no teniendo que demostrar nada, ni convencer a los demás porque el Padre que ve lo escondido, como el grano que muere, lo hará fructificar y entonces por sus frutos los conoceréis.
- comunidad que se empeña en la práctica del Reino, en acciones siempre cerca del pueblo pobre y marginado; y el anuncio de un Dios que nos ama y libera.
- comunidad audaz y valiente, sin miedo a lo nuevo, al cambio, al crecimiento, que busca que la verdad sea una Buena Noticia para el mundo de hoy.
- comunidad de hombres y mujeres sin miedo a la libertad, que siembran desde el compromiso y el riesgo de ir a contracorriente y que son voz de los que no la tienen.
Dios siembra en ti para que se desarrollen y broten semillas de vida; para que vaya apareciendo, crezca y florezca, una persona nueva —en la comunidad nueva— que vivencia la simplicidad franciscana, desde la sencillez, la pobreza y la minoridad.
Recordamos el escrito de Eduardo Galeano cuando nos dice: «muchas personas pequeñas, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo». No se puede despreciar nada, ni a nadie por pequeño que sea. Todo requiere su tiempo; hay que respetar procesos y esperar la invitación del Señor para que nos cambie por dentro, esperar del Maestro que nos invite una vez más a la conversión y nos ayude a cambiar criterios sin precipitarnos; porque Dios nos enseña a confiar, a ser pacientes y a esperar (Mc 4,26-34).
¡Cuánto tenemos que aprender del Sembrador!
SEMBRAR y ESPERAR;
siendo «instrumentos de paz y bien»,
al estilo de san Francisco de Asís, Evangelio viviente.
Fray Severino Calderón Martínez, ofm
Bitácoras