Skip to main content

En el Monte Alverna recibe san Francisco el Don de los Estigmas


21 Enero 2024

Desde el comienzo de su proceso de conversión; la vida de Francisco de Asís encontró, entre los leprosos, la aventura evangélica que andaba buscando, y los abrazó, y esta imagen está muy grabada en nosotros: encuentros de Francisco con el leproso, con el Cristo de San Damián, con el Evangelio: «Esto es lo yo quiero, esto es lo que yo busco…» (cf. 1 Cel 22).

El amor condiciona toda su vida, como el tesoro encontrado en el campo (cf. Mt 13,44). El tesoro, para Francisco, es el santo Evangelio: «En adelante diré: “Padre nuestro”». Dios como Padre y los demás como hermanos a los que hay que amar, confiar y cuidar. Y la felicidad se logra con las relaciones.

Francisco, desde estos encuentros, mira la vida con otros ojos (fraternidad). Mira la vida desde la gratuidad, la alegría y el agradecimiento (cf. las Alabanzas al Dios Altísimo), y «el Señor le enseña a ser misericordioso» (cf. Test).

La vida, para Francisco, es restituir los dones recibidos. Nos vamos haciendo en la vida por el proceso de conversión, como la bellota contiene el roble. Se trata de sacar lo mejor de cada uno: este es el sueño de Dios.

En la «cultura del encuentro» se van haciendo los hermanos y somos enviados a ellos. La presencia amigable, en medio de los hombres, le hace libre y gozoso, que le lleva a cantar

—incluso en el dolor— a la «hermana muerte corporal». Ya no hay temor donde hay amor.

Al final de su vida, Francisco, desde este proceso, recibió un abrazo del serafín en el monte italiano Alvernia, el mismo abrazo del Señor crucificado, en el año 1224, como un don inmerecido; pero cargado de gratuidad en Francisco, como se demuestra en su oración de las Alabanzas al Dios Altísimo. Celebramos, pues, en este año de 2024, el Octavo Centenario de los Estigmas del Poverello de Asís.

Toda la vida de Francisco se encuentra entre un abrazo dado a los leprosos y un abrazo recibido del Señor. Recibió este abrazo para dar una última palabra, afirmando sus múltiples encuentros que le habían hecho identificarse con el Señor Jesús, el Amado; con Jesucristo

«pobre y crucificado». Entre estos dos abrazos, Francisco nunca se apartó de curar las heridas y secar las lágrimas.

Los estigmas, esa huella visible como toque de Dios, en la historia de un abrazo recibido del Señor, que nosotros podemos también dar a los demás.

Hacerse uno con Cristo crucificado es andar en el camino del Amor. La alegría es el fruto de este viaje de Francisco. Lo importante no es solo la llegada, sino el desarrollo del camino que se ha emprendido.

«Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo. Estar circuncidado o no estarlo, no tiene ninguna importancia: lo que importa es ser una nueva criatura» (Gál 6,14-15).

Fray Severino Calderón