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Jesús, el Amor acallado. Sábado santo


08 Abril 2023

 La noche ha dormido poco y nosotros menos. Ayer le dejamos en un sepulcro nuevo, arañado en la piedra, sellado con prisas porque anochecía y empezaba el sábado. Tuvimos que llevarnos a María en volandas. Ella estaba entera pero estaba rota. 

El desconsuelo es tanto que no se puede contar. Todo ha sido tan breve y tan fuerte que nos ha quebrado por dentro, echando por tierra promesas y esperanzas, palabras y milagros, gestos y anuncios… Cuando expiró se nos desgarró el alma. Cuando lo bajaron de la cruz le arropamos de besos. Sentimos un cierto alivio porque  todo había terminado y ya no podían ensañarse con Él. Le entregamos a la noche de un sepulcro nuevo y rodamos la piedra, todo estaba cumplido.

Hay tantas preguntas que no nos atrevemos a formular ninguna. Solo hay silencio. Pero el silencio es también una pregunta amortiguada para un interlocutor que sepa escuchar el rezo, quedo y quieto que se encierra y desata  en tantos porqués.

Jesús padeció lo indecible, murió en una cruz indigna, y fue sepultado envuelto en un lienzo blanquísimo que trajo Nicodemo. Nos fuimos. Le dejamos sólo. Le dejamos como se siembra el grano en la sementera, como se mezcla harina y levadura, como se deja una oración en una herida… Le dejamos dejando que la naturaleza siguiera su inercia, sin dejar de mirar a lo alto pidiendo lo que no se puede pedir pero que al mismo tiempo no puedes dejar de pedir… después de lo de Lázaro.

Después no sabíamos qué hacer. Salir de Jerusalén o quedarnos. Despedirnos o permanecer juntos… Éramos tan pocos, un puñado de mujeres y hombres asustados por el fracaso patente de Jesús, el Maestro de sueños y parábolas, de abrazos y milagros.

Nos quedamos juntos porque no queríamos abandonar a María. Guardaba silencio con los ojos enlutados de pena, haciendo memoria, hilando recuerdos, evocando besos… No comía, no bebía, no dormía… bisbisaba salmos en la rueca de su dolor hilando esperanzas de madre y discípula, de corazón de mujer creyente en su Hijo,  el hijo de todos los hijos; ella, la madre de todas las madres, ella que sabe guardar el valor redentor del sufrimiento, porque no hay amor que valga la pena sin sacrificio.

El silencio del Sábado Santo fecunda este mundo de ruidos, porque es un silencio difícil. Ante la muerte es mejor callarse y llorar un rezo que ablande la pena del Dios apenado porque no se apiadaron de su único Hijo. El silencio de este día barrunta una multitud que sube del abismo entre algazara siguiendo a ese Cristo que desciende a todos los infiernos para ofrecer su mano crucificada al Adán de todos los siglos, también del nuestro.

Mañana, ha dicho María Magdalena, que se alza temprano y se va al huerto… Yo también voy… ¿Te vienes?

Fray Vidal Rodríguez López ofm