Todos somos santos para un Dios de vivos. Solemnidad de todos los Santos
Celebrar a todos los santos (1 de noviembre) es celebrar toda la santidad de Dios. Rezar por todos los fieles difuntos (2 de noviembre) es confesar la fe en un Dios de vivos:
“Dios, no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven” (Lc 19,38).
¿Qué sentido tiene, en una cultura que, ante el final de la vida, esconde la muerte desde una asepsia indolente e indolora del sobrevivir?
¿Por qué celebrar a los santos en una sociedad que ridiculiza la santidad tildándola de rancio desfase de una religión superada?
“Nos hace falta un espíritu de santidad que impregne tanto la soledad como el servicio, tanto la intimidad como la tarea evangelizadora, de manera que cada instante sea expresión de amor entregado bajo la mirada del Señor.”
(Papa Francisco, Gaudete et exsultate, Sobre el llamado a la santidad en el mundo actual, n. 31)
Tiene todo el sentido, “pues si Cristo no ha resucitado, somos los más desgraciados de los hombres” (1Cor 19). Porque si el recuerdo no florece en oración, nos quedamos en elegías efímeras ajadas por el olvido.
El Dios de Jesús es un Dios de vivos, que da vida, una vida nueva, que en cristiano llamamos resurrección. Esta novedad, no es la reencarnación, ni el revivir, tampoco es sobrevivir, ni tiene nada que ver con el ‘metavivir’… Resucitar es otra cosa, más que un deseo, un sentimiento, un sueño… es una promesa cierta, una verdad, un nombre: Resucitar es Jesucristo.
Resucitar es afirmar que la muerte es real y en esa realidad, Jesús, entra hasta el fondo desfondado del abismo, para sacarnos a todos, porque su Padre nos quiere vivos, más allá de la vida, en su misma vida, que llamamos Reino de los Cielos.
Lo sabemos desde la fe que es siempre fiada, fiable y fiel. Creemos en la resurrección de la carne y en la vida eterna, porque esta es la experiencia pascual de la Iglesia: Cristo Jesús, el Hijo de Dios, ha entrado en el vivir por María; hasta morir entregado en una cruz por amor, y muerto con los muertos por solidaridad, al tercer día, resucita y vive para siempre como el Señor Resucitado.
“Estaban hablando, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: ‘La paz con vosotros’… ¿Por qué os turbáis, y por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo’. (Lc 24, 36-39)
Resucitar es afirmar que no nos diluimos, tampoco nos fundimos, ni desaparecemos, pues permanece la identidad personal propia, pero pasamos por una transformación radical, crisol de gracia y de perdón, donde la misericordia divina nos vivifica en Cristo, por él y en él. Cristo vive para todos, muere por todos y resucita a todos, porque por el bautismo somos incorporados a él y su destino: VIVIR.
Fray Vidal Rodríguez López ofm
Bitácoras