Hoy, en este momento del siglo XXI, nos preguntamos (una pregunta suscitada por diversas circunstancias, como tiempo de decrecimiento, ancianidad, falta de vocaciones…).
Por una parte, la sociedad occidental –cada vez más secularizada- nos obliga a replantearnos cómo configurar nuestra aportación carismática a la misión de la Iglesia y cómo ser testigos del Evangelio hoy.
Por otra parte, constatamos que nuestra forma de vida y ministerio no resulta atractiva y significativa para las “nuevas generaciones”, lo cual redunda en un descenso numérico y fuerte envejecimiento de nuestros hermanos, por tanto de nuestras Fraternidades y por tanto de la Provincia.
Ante esta situación nuestra Orden en países de Occidente lleva tiempo no solo revisando nuestras posiciones apostólicas, sino incluso suprimiendo seriamente no pocas de ellas. Nuestra aportación a la sociedad es cada vez menor, aunque recurrimos a los laicos que no solo colaboran con nosotros sino que progresivamente están asumiendo la dirección de nuestros centros y obras apostólicas. Por ese camino, nos hacemos cada vez más extraños a la sociedad occidental y muchos se preguntan ya por la razón de ser de esta vida consagrada. Preguntas que tienen que ser respondidas desde el carisma y con la fe en el Evangelio de Cristo.
Mientras en países y sociedades como en África, Asia y el Pacífico, la Vida Consagrada en sus diversas formas encuentra acogida y dispone de un rostro joven numeroso y también en camino de “maduración” espiritual. Y a ellos les cuesta más, mucho más que a nosotros, que todo lo teníamos más fácil, ellos se enfrentan a sus culturas, credos, costumbres…
De esta Vida Consagrada se espera nuestra supervivencia como Orden y que se haga responsable de nuevos horizontes de misión y de vida. La Orden debe aportar al Capítulo más ilusión y esperanza…, que lo haga más relevante y comprometido en todo, por supuesto en la tarea de Formación requerida por las generaciones de hoy, y ésta “formación” ha de ocupar un espacio más decisivo, y atrevido en nuestro Capítulo. Si cada hermano, si cada fraternidad toma en serio la “pastoral Vocacional”, tal vez los resultados serían otros. Tengamos paciencia y confiemos, en principio en la Oración. “Oremos al dueño de la mies”.
Bitácoras
