Cómo pasa el tiempo, y ya en el domingo XVI de nuestra liturgia católica de rito romano, y un día más te vuelvo a decir: ¡Buenos días Señor!
La verdad es que abrir los ojos cada día es para decirte: Señor, eres el “tesoro” que el Padre Dios ha escondido en mi corazón, en nuestros corazones. Y me siento tan pequeño, y Tú estás en mi alma, eres mi vida. Y debo de aprender a ir un poco, y poco a poco, ir al interior, ir “hacia adentro” de mi corazón… Y como estoy tan entretenido por tantas propuestas, historias, cosas… Y como no sé bien lo que quiero… y a veces ya no sé qué hacer, y a veces, me da que no “deseo” encontrarte, y estás tan cerca, tan dentro de mí, que sólo deseo decirte ¡Señor, cuánto te quiero!.
Eres más bien como un conocido de lejos, que sí, que estás ahí, pero no sé bien hasta qué punto “me has cogido por el corazón” y me has llenado de alegría, de gozo, de ilusión.... Por eso me emociona y me sacude tu propuesta de hoy en el evangelio: “vamos a un sitio tranquilo a descansar un poco” y a “conversar”. Esto significa que tengo que “echarme a la mar contigo”. Y quiero hacerlo. Esto significa que tengo muchas cosas que contarte y que tú vas conmigo para escucharme. Ya sabes que a veces me atolondro y no sé cómo contarte tantas y tantas cosas de mi vida… Ya te he contado, pero quiero hacerlo más reposadamente, después de rumiar con calma todo lo vivido. Tengo que hablarte de tantos hermanos…
Y escucharte, porque ese es el otro tema: escucharte, escucharme y escuchar. Casi siempre pienso en decirte, pero pocas veces pienso en escucharte. Sentarnos, estar, gozarnos, no tanto para “meterte a ti en mis quehaceres”, sino para meterme yo en “tus quehaceres”… Tengo claro que un discípulo no es el que mete al Maestro en sus asuntos, sino el que se mete en los asuntos del Maestro. Me encanta que quieras llevarme a un sitio tranquilo porque tienes muchas cosas que decirme, allí en el pequeño Monte de las Bienaventuranzas.
Ojalá sepa decirte como el niño Samuel: “habla, Señor, que yo te escucho”. ¡Sí, nos veremos! Y lo de las “ovejas sin pastor”. Ufff, las ovejas sin pastor… Ahí está la gente, tanta gente que van y vienen y no te miran, no te escuchan... ¿Desorientados, vacíos, ocupados en lo que no llena, sin razones para vivir y sin horizontes? ¿Cómo han llegado a eso? No debe ser fácil saberlo porque cada uno es un mundo. Y ahí están ¿estamos? los pastores. ¿Por qué están cómo están? Lo fácil es decir que ellos son los responsables de su situación. Pero lo cierto es que “los pastores” no sabemos lo que necesitan, lo que buscan... No sabemos conectar con su hambre. Y les ofrecemos el alimento que no sacia. Nos conformamos con darles lo que dicen los libros, o lo de siempre y como siempre. Tendrá que cambiar la gente. Y tendremos que cambiar los pastores. Tendremos que “sentarnos contigo” y aprender de ti, centrarnos en lo tuyo, pues a ti, sí que te buscaban, mientras que de nosotros no sé si a veces huyen…
Enséñanos a mirarlos, a escucharlos, a atenderlos, a quererlos..., a ser pastores, ¡buenos pastores! Señor, nos necesitan, pues, cada domingo cuando celebramos el sacrificio eucarístico, están ahí, delante de mí, y todos, y supongo que todos, esperan y desean un palabra evangélica que les llene el corazón…, que salga reconfortados, animosos, ilusionados…, y esa es nuestra, mi pequeña labor, celebrar con dignidad y tener unas palabras, bueno ofrecerles tu mensaje del santo evangelio, y desearles la Paz y el Bien.
¡Gracias, Señor!
Bitácoras