En el pasaje evangélico de San Marco, de este Domingo, en la Solemnidad de la Ascensión del Señor, nos invita a “ir por todo el mundo y anunciad el Evangelio” (Mc 16, 15-18). Esa es nuestra tarea, es decir, continuar la tarea de Jesús. Aquello que nos relata San Juan (1 Jn 1, 3) “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y tocado con nuestras manos, Aquél que es la Palabra de la vida…, lo anunciamos”. Y San Francisco respondía a los hermanos: «Predica el evangelio en todo momento, y cuando sea necesario, utiliza las palabras.»
Nos parece que la Ascensión nos ha dejado sentimientos de pérdida…, pero no es así. Jesús ya no está limitado por el espacio y el tiempo…; los discípulos, también nosotros hemos ganado. Jesús está con todos y con cada uno en todo momento y lugar. Nos envía al mundo, y es capaz de ir con todos y cada uno, porque al ascender a la “plenitud” y vive y reina como Dios. Está vivo por toda persona a la que el Padre ama y busca. Su presencia en el Espíritu es mucho más real… ¿lo sientes así?
Sí, así lo siento y deseo vivirlo y me ayuda mucho a mirar la vida con esperanza y a mirar a cada persona y amarla. Aunque sé que tú Señor no funcionas por eso de los méritos. Por ello puedo decir: ¡gracias Señor!, y proseguir diciendo un día más ¡hola, buen amigo! ¡Cuánto hemos ganado los cristianos -tus discípulos- sabiéndote en la Plenitud de Di, nos hablas a todos! Ahora te disfrutamos y todos te tenemos al alcance de nuestra búsqueda y a todos nos llega tu amor. Ahora sé que todo lo tuyo está llegando a tantos que te necesitan. Es cierto que tal vez puede llegar la tentación de ver tu rostro y escucharte…, pero nos perderíamos tu “dichosos los que creen sin ver” (Jn 20, 29), o tararear el canto: “…que detalle, Señor, has tenido conmigo cuando me llamaste, cuando me elegiste cuando me dijiste que tú eras mi amigo…”. Hoy me siento una persona con suerte, y en este domingo de tu Ascensión, me recuerdas que me elegiste para enviarme, que me miraste a los ojos para hacerme “pescador” del mar de Galilea. Me siento feliz porque me sé “pescado” por ti de las aguas turbias, mediocres… y enviado a mis hermanos con tu invitación a que entren en tu amor sanador…, porque sigo oyéndote: “…lo que os digo al oído, gritadlo desde las azoteas…” (Mt 10, 27).
Y aquí estoy, subido a no sé qué azotea. Intentando gritar tanto bueno que veo en ti, tanto bueno que me das, tanta vida que ofreces a todos. Esa vida que tantos despreciamos por egoísmos, soberbias, individualismos… y un largo etc. Ya sabes, amigo, que hablar de ti no está bien visto y que a muchos “lo tuyo” les suena a tristeza y no a la alegría pascual, les suena a algo trasnochado… por eso hay tantos que se conforman con ser buena gente, pero no hablan de ti, y no hablan contigo…, y ahí estamos también los otros que sí hablamos de ti, pero luego no acompañamos las palabras con la vida como tú nos enseñas a vivirla. Perdóname, amigo Jesús.
En este domingo en la liturgia de hoy tú mismo los acompañabas mientras anunciaban la buena noticia. ¡Acompáñanos Señor! Y que confirmabas su palabra con señales de Dios. Que nos acompañe la señal de Dios de no creernos “los buenos”. Que nos acompañe la señal de amar cada día un poco más y mejor a todos. Y siempre hablar de ti, presumir de ti, de construir tu Reino, y con la Liturgia de las Horas: “No, yo no dejo la tierra. No, yo no olvido a los hombres. El cielo ha comenzado. El Padre ya os ha sentado conmigo... Salvad a todo el que crea. Comienza vuestra tarea...”
Gracias Jesús.
Bitácoras
