“El último cántico de Francisco”: cuatro miradas sobre un musical que emociona
La representación del musical “El último cántico de Francisco” ha dejado una profunda huella entre quienes han tenido la oportunidad de disfrutarlo. A través de la música, la interpretación y una cuidada puesta en escena, la obra invita a redescubrir la vida de san Francisco de Asís, su conversión, su entrega y su manera de comprender la vida y la muerte desde la fe.
En el marco de la conmemoración del VIII centenario del Tránsito de san Francisco de Asís (1226-2026), este musical se convierte en una oportunidad para acercarse a la figura del santo de una manera diferente, combinando la expresión artística con la profundidad del mensaje franciscano.
La emoción, la belleza de la música, la entrega de sus intérpretes y, especialmente, la fuerza espiritual de la historia han despertado distintas reflexiones entre los espectadores.
Recogemos a continuación cuatro testimonios que, desde sensibilidades y perspectivas diferentes, nos acercan a la experiencia de quienes han vivido esta representación. Cuatro miradas personales que coinciden en destacar la capacidad del musical para conmover, interpelar y transmitir la vigencia del mensaje de Francisco de Asís.
Un musical especial
Una experiencia absolutamente conmovedora y transformadora.
Este musical sobre la vida de san Francisco de Asís es, sin lugar a duda, UNA OBRA DE ARTE, así, con mayúsculas.
Desde los primeros acordes, te envuelve una música que toca directamente las fibras del corazón, sirviendo como el hilo conductor perfecto para una historia llena de humanidad y fe.
Visualmente, el espectáculo es un despliegue de genialidad. La puesta en escena, asombrosa, sensible y bella. Sin embargo, si algo hace que este montaje sea verdaderamente especial es su elenco: un grupo de actores amateurs cuya actuación solo puede calificarse de magnífica. Su entrega, frescura y talento sobre las tablas transmiten una verdad y una pureza que emocionan.
Mención especial merece el texto. El guion ha sido capaz de hacer reconocible a un Francisco real para aquellos que ya lo conocíamos, respetando su esencia más profunda, y al mismo tiempo ha logrado acercar la figura del santo a los que la desconocían de una manera accesible, moderna y cautivadora.
¿Qué más se puede decir? Simplemente, enhorabuena a los que lo han hecho posible por su esfuerzo y su impecable trabajo, y enhorabuena a los que hemos tenido la oportunidad de disfrutarlo, porque asistir a una función así es un auténtico regalo para el alma. ¡Inolvidable!
Carmela Jiménez
El musical “El último cántico de Francisco”: una historia conmovedora
Hay musicales que sentimos con el oído o la vista, y otros que sentimos con el corazón. “El último cántico de Francisco” es uno de ellos.
Una historia casi murmurada en la que el tiempo corre sin que te des cuenta. A través de la historia de su protagonista, que encuentra sentido a su vida en Dios, la obra nos muestra cómo podemos vivir los cristianos si nos acercamos al Señor, tomando a san Francisco como ejemplo.
La música cuidada y las coreografías discretas hacen avanzar al espectador a un ritmo sereno, a medida de lo que cuenta, deleitando sus oídos con las bonitas voces de sus protagonistas.
El elenco, a pesar de no ser profesional, se entrega en cada pase, pareciendo incluso en ocasiones detener el tiempo, compartiendo con todos los presentes la fe que profesan.
La iluminación juega con la escenografía en un baile sencillo para recrear espacios que invitan al espectador a la introspección.
Una obra sanadora, íntima, que conmueve. Una historia que ofrece un remanso de paz en estos tiempos de individualidad en que estamos inmersos. Una luz de esperanza en la fe cálida y contagiosa, como la que sienten todos los espectadores de “El último cántico de Francisco” a través de las emociones más puras que transmite su libreto.
Amalia Bolinches
El último cántico de Francisco
La vida, nuestra vida, también comienza antes de que nos demos cuenta. La obra, que es la obra de una vida, también. Había comenzado ya, y no éramos conscientes. El leproso estaba ahí, en la puerta del teatro, pidiendo limosna, mientras esperábamos para entrar. Y la fiesta, que ocupaba el escenario minutos antes de empezar, era ya una de las tantas fiestas en las que tú, Francisco, participabas. Nosotros también estábamos invitados. Pero tú aún no estabas. Sin saberlo, éramos parte ya de la obra de tu vida, y tu canto iba a ser también el nuestro.
Pero ¿por qué a ti, Francisco? ¿Por qué a ti? Hacer memoria de la vida de un hombre no es solo visitar el recuerdo de alguien, es reconocer cómo su relato nos narra también a nosotros mismos. ¿Por qué a ti? Porque tu vida no es tuya. Porque no nos damos cuenta de que nuestra vida no nos pertenece a ninguno de nosotros, aunque seamos nosotros quienes la vivimos, la gozamos, la sufrimos. Porque todo lo demás, lo que creemos que es lo más nuestro, son solo las cadenas que nos vamos poniendo y quitando: ambiciones y soledad, sueños y vanidad, cárceles y crisis, éxitos y fracasos.
Ahora lo sabemos. Nos hemos enamorado como tú de la Dama Pobreza, la más hermosa de las damas, que hoy ha venido a visitarnos. Es ahora cuando podemos entonar tu último canto. Nosotros, sí, tus hermanos. Porque tu obra no acaba con tu muerte, como tampoco comenzó con tu vida. Acuérdate, Francisco, comenzó con la nuestra, mucho antes de que tú llegaras a aquella fiesta, mucho antes de que nosotros mismos fuéramos conscientes de que ya la estábamos viviendo contigo. Ya no te pertenece. Nunca te perteneció. Por eso, no ha terminado todavía. Y tú sigues aquí, lleno de alegría, de perfecta alegría, junto a nosotros, cantando.
Rafael Casañ Moya
De la fiesta de Asís a la fiesta del Padre
¿Qué tiene que pasarle a un hombre para que pueda bailar con la muerte con la misma alegría con la que bailaba en las fiestas? Esa es la pregunta que me dejó “El último cántico de Francisco”.
Porque el musical empieza así: Francisco joven, con dinero y amigos, “el rey de las fiestas” de Asís. Y casi al final vuelve a bailar. Pero esta vez tiene el cuerpo herido y su pareja de baile es la muerte.
¡Qué contraste! El primer baile era para ser visto, reconocido. El último, para entregarse. En medio hubo cadenas (esclavitud), un leproso al que primero no supo mirar y luego besó, un crucifijo que le miraba, unos hermanos y una pobreza a la que llegó a llamar esposa. Francisco no dejó de ser un hombre de fiesta. Lo que pasó es que fue descubriendo dónde estaba la verdadera FIESTA.
Lo que más me tocó fue la segunda parte. En el tránsito. Antes de que llegue la muerte, llegan las voces que se burlan: ¿Qué ganaste? Se olvidarán de ti. Son las mismas voces que a veces oigo dentro: ¿para qué tanto?, ¿a quién le importa? Y Francisco, que ya no tiene nada, responde cantando que es feliz.
Entonces aparece ella. Es la muerte que todos escondemos, la que no queremos nombrar. Él la llama hermana, la esperaba, y le pregunta por qué ha tardado tanto. Y bailan. ¡Qué baile! Yo había rezado muchas veces aquello de “loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal”, pero nunca lo había visto. Aquel baile no era una despedida, era el último paso de alguien que lleva toda la vida aprendiendo a soltar y ya no tiene nada que defender.
Inmediatamente me vinieron a la mente personas queridas a las que he visto despedirse de esta manera o, por lo menos, con esa desnudez y abandono. ¡Ay, Muerte!
Y al final del baile no está el vacío, está la Pascua, está la voz de Jesús: “No me ves con los ojos del cuerpo, pero sí con los del Espíritu. Estoy aquí, como siempre”. Como que lo toma de la mano y lo lleva al Padre. Y los ojos de Francisco fijos en Él tras una luz deslumbrante. Pensé en el hijo que vuelve a casa y en el padre que sale corriendo, lo abraza y manda preparar la fiesta. Francisco, que había buscado la alegría en tantas fiestas, llega por fin a la única que no se acaba.
Esa es su Pascua: no un final triste, sino una vuelta a casa.
Me pregunto a qué fiestas sigo yendo yo. Qué cosas, qué seguridades y qué imagen de mí misma me cuesta todavía soltar. Y me pregunto si, cuando llegue mi hora, sabré bailar. Quienes hemos querido consagrar la vida a Dios en medio del mundo sabemos que cada día hay pequeñas muertes que aceptar, y que es en ellas donde se ensaya ese último baile.
Creo que ya sé la respuesta a mi pregunta: para bailar así con la muerte hay que haber aprendido antes a soltarlo todo.
Gracias a quienes hicieron posible este musical por recordarme que el Evangelio no apaga la fiesta: la lleva a casa.
Amparo Climent
