Como a los frailes franciscanos no nos hacen con molde, salimos cada uno de un modo y de una manera. A veces me da por pensar que lo ideal hubiera sido conservar los patrones originales de san Francisco de Asís, y así saldríamos todos con la misma forma. Lo que pasa es que como Dios no se repite nunca en su amor, a cada uno lo quiere como a nadie más, y por eso no puede haber ni dos personas idénticas ni dos frailes iguales. Dicho esto, y sin recular lo más mínimo, añado que, iguales iguales, lo que se dice iguales, pues no; pero con unas ciertas características que los asemejan, haberlos haylos, los ha habido siempre e imagino siempre los habrá. Hoy te comento cuatro de ellos, y ya veré si encuentro alguno más y te lo cuento otro día.
Uno de esos fraile-tipos es el de los omnia male evadunt. Yo no sé hablar extranjero, como ya te he dicho en alguna ocasión, pero tengo amigos listos que sí saben, y les he preguntado y ellos me han enseñado que es así como se dice “todo me sale mal” en latín. Ese tipo de frailes [mis amigos no, los otros] siempre están con la misma cantinela, que si todo les sale mal, que si siempre pagan ellos el pato, que si están muertecicos de tanto trabajar, que si esto, que si lo otro... Hay también gente normal que es así, y seguro que les estás poniendo cara y sonriéndote. Pues de ésos, pero en marrón. Antes les llamaba “frailes que viven en estado quejativo”, pero es mucho más fino lo de omnia male evadunt, ¡dónde va a parar!
Otro fraile-tipo es casi justo lo contrario, como si vinieran ya de serie con el silenciador incorporado: no se quejan nunca, pase lo que pase, no pierden la paz, lo afrontan todo con serenidad, tienen dos o tres manos izquierdas, encajan los contratiempos sin que se les mueva un músculo de la cara, llevan adelante su trabajo y, muy a menudo, el de los demás, y no se echan flores ni se creen más que nadie. Mi guardián, por ejemplo, es así. Personas de esas que te dejan embobado y a la que no tienes más remedio que admirar. Envidiar no, porque eso es de espíritus mezquinos, pero admirarlos sí que los admiras y das gracias a Dios por ellos. No te sabría dar estadísticas exactas, pero intuyo hay más silencioso-eficaces que quejumbrosos.
Otro fraile-tipo bastante abundante es el bienoyente, y perdón por el palabro. Su don es que saben escuchar. No son consejeros, ni asesores, ni nada de eso, porque nunca aspiran a juzgar, dirigir o marcar el camino a los demás. Tampoco tienen fórmulas mágicas que te solucionen las cosas, ni se dejan colocar en ningún pedestal. Son frailes mondos y lirondos, que hacen camino a la par que los demás y, si te acercas a ellos, pues se te pega algo bueno. A veces, basta que te miren para que te sepas querido. Son como sucursales en la tierra de los ojos de Dios. Porque, repito, su truco no está en lo que te puedan decir, sino en el modo en que te saben escuchar.
Y hay un fraile-tipo que, personalmente, me da mucha vergüenza. Vergüenza por mí, ¡ojo!, no por ellos, porque sé que tendría que ser como ellos y no les llego ni a la planta del pie por la parte de abajo. Te pongo un ejemplo, por ejemplo, de uno muy concreto que se me viene a las mientes porque siempre me ha parecido un modelo de franciscano. Adivina, adivinanza: acaba de cumplir ochenta años, está relativamente bien de salud, de cabeza y de movilidad, y ¿adónde te crees que va más veces al día, al cuarto de baño o a la …? Seguro que has pensado: “la cocina”. Pues va a ser que no. A la capilla. Al coro, para ser más exactos, que es la parte de atrás de la iglesia donde los frailes solemos rezar de ordinario. La última vez que estuve en su convento las conté, aposta y con toda intención, y era pasmoso: antes del desayuno, después del desayuno, antes y después de juntarnos para tomar un café a media mañana, antes de la comida, después de la comida, al levantarse de la siesta... Viniera a cuento o no, le pillara de paso o no, antes y después de cualquier cosa, es decir, antes y después de todo, este bendito fraile iba, se asomaba un ratillo para ver al Señor mirando al Sagrario, y luego ya se ponía a hacer lo que tuviera que hacer. Y al terminar, cuarto y mitad de lo mismo, como si antes de hacer las cosas se las encomendara a Dios, y al acabarlas le diera gracias por ello y por ellas. Ese fraile-tipo también es más frecuente de lo que imaginas, y con edades y procedencias muy variadas, porque los he conocidos mayores, jóvenes y de edad intermedia, del Norte, de Levante, de los dos extremos de Andalucía y hasta del mismo Madrid. Lo que no atino es con el nombre más adecuado: ¿Dios-dependientes? ¿Siempre-atentos-al-Señor? ¿Buenos-amigos-de-su-Amigo? ¿O “frailes” a secas, sin más?
Bitácoras