Es posible pasar de la rutina, la obligación y el deber, al deseo de hacerlo todo bien.
Es posible pasar de sentirse inútil o despreciable a la alegría de existir; disfrutar de lo pequeño: caminar, reír, hablar, bailar, moverse… ¿Por qué solo valoramos lo que tenemos cuando lo perdemos?: la presencia de un ser querido o la complicidad de una mirada.
Hacer de nuestra vida cotidiana «nuestro canto de hoy». Aprendamos a poner el corazón en sintonía con lo que hacemos y lo que tenemos. Esto es ya una preparación para el acto de depositar y un comienzo de curación.
Un camino de humildad y una fuente de alegría profunda y no efímera es actuar sobre las cosas pequeñas, aunque no se vean.
Cuando hablamos, las palabras también nos comprometen. La Palabra de Dios nos invita a vivir libremente; a hablar con franqueza, claramente y sin rodeos, a huir del «lenguaje ambiguo». Liberado, el cristiano se llena de una audaz confianza y utiliza su libertad para «decir». Hablar con confianza sostenida en el Evangelio es fruto del Espíritu Santo.
Decía Jesús, Evangelio viviente:
«¿A qué es semejante el Reino de Dios o a qué lo compararé?
Es semejante a un grano de mostaza, que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas».
Y dijo de nuevo: «¿A qué compararé el Reino de Dios?
Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó».
(Lc 13,18-21)
Y concluyo recordando que Francisco de Asís quiere ser Evangelio viviente porque tiene conciencia clara de que el grano de mostaza dejado en tierra da fruto abundante: aunque sea la más pequeña de las semillas, cuando crece, su planta es más alta que todas las hortalizas (Mc 4,30-32).
Fray Severino Calderón
Bitácoras