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Una tierra de cuaresma para una cuaresma de tierra


04 Marzo 2023

Una cuaresma de elementos para una cuaresma elemental. II domingo de Cuaresma.

La tierra de fuego del desierto quema los pies descalzos del peregrino galileo que busca Jerusalén. Jesús espiga una terna entre doce y escoge a Pedro, Santiago y Juan. Les lleva a otras arenas, a tierras altas, a una montaña para mirar al cielo y a la tierra. (Mt 17,1-7).

El Maestro les lleva consigo y les trae hacia sí mismo y lo suyo, que es su Padre. Se transfigura ante ellos, desde dentro, desde el sol del misterio de su rostro, blanqueando sus ropas con cal viva. La luz ciega, la tierra se aleja de sus pies y se les acerca una nube. Moisés, ley de piedra, y Elías, profeta de ley, hablan con Jesús, en un cielo de tierra. Se está bien aquí…

Se está bien sin tierra ni suelo, sin yerro ni duelo. Siquiera tres tiendas, un par de cabañas, no más una choza... Pedro apura el gozo temiendo el dolor de un pozo sin fondo, sin agua ni tierra, por soñar despierto, por oír lo visto: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”.

Caen de bruces y tocan la tierra quemada de cal, besan con miedo la tierra ardiente, saben el riesgo de ver lo que han visto, de escuchar lo oído… Y Jesús les toca y les levanta de la tierra para aterrizar a la confianza en él. Jesús es la toma de tierra, entre Dios y los hombres; por la cruz de su pascua, reloj de arena entre el cielo y tierra.

La cuaresma es subir a repecho la cuesta de la vida, peregrinar por dentro de uno mismo para sacar a fuera la impedimenta del pecado que estorba la subida a la montaña de tierra del humano vivir. Entrar en uno mismo es desechar estorbos que estrechan la puerta, mirar para dentro, sin miedo ni arrobo, y escuchar la carne de tierra que somos.  Reconocernos, ponernos en cueros, sin ropas ni adornos y allí en lo más hondo de la tierra de color carne oír desde dentro: “Éste es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”.

Sí, como lo oyes, la cuaresma es escuchar el barro que somos, sabernos de arcilla, frágiles en todo, para no acabar como un cacharro roto. Siempre en el torno del Dios alfarero que embarró a su Hijo haciéndole hombre para poder cocernos en un horno de cruz, a temperatura del amor divino, por un tiempo eterno, “porque es eterna su misericordia”.

Un tiempo sin guerra, de una paz de tierra, donde hacer tres tiendas; de telas tan blancas como tus vestidos, de puertas abiertas como tus palabras, de vuelos tan altos como tus promesas… Jesús de la tierra.

Jesús, eres tú la tierra de nuestra cuaresma. Eres la montaña de nuestra esperanza. Eres tú la arena de nuestro desierto. Tú eres la blandura del barro que amasas en misericordia. Eres a la vez, arcilla paciente del Padre alfarero y el Hijo del Hombre, del hombre sin tierra, Jesús nazareno.

Una tierra de cuaresma para una cuaresma con tierra… En fin, una cuaresma  de elementos, para una cuaresma elemental.

Fray Vidal Rodríguez López ofm