El silbido del cárabo madrugando a la noche del Claustro de los Milagros llama a vísperas. La campana avisa del cierre de la Basílica. El silencio se tumba en los cipreses y los naranjos del jardín mudéjar se abrigan de la helada que sigue a una jornada de sol de invierno.
Mañana, dos de febrero, la liturgia tocará a fiesta de la presentación del Señor. El pueblo enciende rezos a la Candelaria. La Puebla prepara romería para celebrar el viernes en su ermita a San Blas. Mañana también la Iglesia convoca a la XXVII Jornada Mundial de la Vida Consagrada.
En el Evangelio (Lc 2, 22-40), en el Templo, María, la nazarena, se purifica de una maternidad limpia. José, el carpintero, rescata a su primer hijo con una pareja de pichones. Simeón, el viejo, alza en brazos al niño y lo zarandea por ver con sus en él la salvación. Ana, la anciana, se deshace en contar exagerando quién es y qué será de ese pequeño. Jesús, el Mesías, se presenta al pueblo como “luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.
La luz alumbra y guía, pero también deslumbra y ciega. La luz enciende el día y apaga la noche. Jesús es luz, es llama y llama a caminar, compartir y comer a gentes que pescaban con redes anudadas en mares de agua dulce. Este Hijo que se presenta al pueblo elegido escoge para su Reino de agua salada y luz encendida, a un puñado de hombres y mujeres para seguir sus huellas, para vivir como él y para probar su pan envinado… “Venid y veréis. Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron…” (Jn 1, 39)
Jesús, el Cristo consagrado del Padre, consagra a los que ofrece amistad para vivir el evangelio como bienaventuranza, como misión de anunciar que Dios es buena noticia cuando vean y digan: “Mirad como se aman” (Hch 4,32).
El amor se puede aprender pero no se puede fingir, disimular, esconder. La caridad se puede multiplicar pero no se apolilla, ni se arruga, ni se oxida. La amistad se puede curar, pero no se puede inventar, forzar, disfrazar. La fraternidad puede herirse, pero desconoce envidias, descubre embustes, desbarata entuertos… “Porque es eterna su misericordia” (Sal 135)
El amor, la caridad, la amistad, la fraternidad, o son humanamente verdaderas o difícilmente pueden ser evangélicas. La Vida Consagrada, o es humanamente sana o rara vez logra ser cristiana. La Vida Religiosa, o es sencillamente evangélica o vive lejos de vivir el “más de cerca” a Cristo[1].
Quiero acercarme a Jesús, como el cárabo a la noche, la campana al rezo, como el ciprés el cielo, el naranjo al hielo… sabiendo que el camino es siempre un cruce de caminos crucificados, porque no hay otra forma misionera para que el amor, la caridad, la amistad, la fraternidad sean verdad, auténticamente humanas, honestamente cristianas, alegremente evangélicas…
Jesús es la llama que nos llama en plural, en comunión, en fraternidad, en Iglesia… a consagrarnos porque: “No vamos solos. Cristo nos une. Con él. Entre nosotros. Y con tantos…”[2]
No vamos solos.
Cristo nos une. Con él. Entre nosotros.
Y con tantos que viven, lloran, aman, anhelan,
crecen, luchan y esperan.Cada vez más descalzos e inseguros.
Cada vez más cerca de la cruz
y lejos de los pedestales.
Cada vez más libres de modas e inercias.
Cada vez más capaces de reírnos
de nuestras pretensiones
y tomar en serio las suyas.Unos, aún vacilantes,
dando los primeros pasos,
otros exigidos por el ritmo
de jornadas intensas,
y algunos, ya bien gastados,
vislumbrando la meta —que es abrazo—.Juntos. Caminando en esperanza.
Hombres y mujeres de Dios,
consagrados a una misión,
a un anhelo,
al proyecto de quien nos invitó
a compartir su camino.Amén.
José M.ª Rodríguez Olaizola, SJ
[1] “Ya desde al comienzo de la Iglesia humo hombre y mujeres que, por la práctica de los consejos evangélicos se propusieron seguir a Cristo con más libertad e imitarlo más de cerca, y , cada uno a su manera, llevaron una vida consagrada a Dios..” (Concilio Vaticano II, Perfectae caritatis, 1).
[2] P. José M.ª Rodríguez Olaizola SJ, Poesía, No vamos solos.
Fray Vidal Rodríguez López ofm
Bitácoras