¡Dios salva!
Evangelio según san Mateo (9,27-31)
En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando:
«Ten compasión de nosotros, hijo de David».
Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo:
«¿Creéis que puedo hacerlo?».
Contestaron:
«Sí, Señor».
Entonces les tocó los ojos, diciendo:
«Que os suceda conforme a vuestra fe».
Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente:
«¡Cuidado con que lo sepa alguien!».
Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca.
Palabra del Señor
Pocas enfermedades nos causan tanto horror como la ceguera. Sin embargo, la sordera no es menos terrible. Dicen que la ceguera nos aparta de las cosas, mientras que la sordera nos exilia de las personas. La ceguera suele producir depresión, mientras que la sordera genera desconfianza. En todo caso, estas crueles enfermedades sirven para expresar de modo muy llamativo “lo que no debería ser”, son como cifras de cualquier desgracia o injusticia. El profeta Isaías imagina y sueña los tiempos mesiánicos precisamente como un reino en el que ceguera y sordera, pobreza, opresión y violencia quedan desterrados del todo. Que Dios salva significa que el hombre es liberado de toda forma de opresión: en su entorno natural (el desierto que florece), en el social (el destierro de violentos, cínicos y tramposos), y en su propio cuerpo (la ceguera y la sordera y toda forma de invalidez).
Cuando Jesús cura a los ciegos, como en el Evangelio de hoy, está diciendo que los tiempos mesiánicos han llegado y se están cumpliendo en Él mismo.
Pero Jesús no es un curandero y sus acciones no tienen sólo, ni sobre todo, sentido médico. Son acciones salvíficas, signos proféticos de una salvación que ya ha empezado a operarse con tal de que nos acerquemos a Él, acojamos su persona y pongamos en práctica su Palabra.
¡Paz y Bien!
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