Fiesta de San Antonio
Evangelio según san Mateo (5,33-37)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No jurarás en falso" y "Cumplirás tus votos al Señor." Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir "sí" o "no". Lo que pasa de ahí viene del Maligno.»
Palabra del Señor
¡Es verdad lo juro por Dios! ¿Cuántas veces hemos apelado a Dios con esta invocación jurando en falso? ¿Cuántas veces detrás de este juramento no hay más que un entramado de mentiras que viene a justificar lo injustificable? Al final tanto juramento pone de relieve la hipocresía del corazón del hombre.
Jesús, en el fondo, con estas palabras, está condenando una forma de hablar: la verdad no casa bien con el exceso de palabras y de juramentos. Para Jesús, las cosas deben ser infinitamente más límpidas, para Él, "si" significa "sí", y "no" significa "no"... pero nosotros hemos falsificado hasta el sentido de estas palabras, hasta el punto de poder llevar a la gente a la verdad suspendiendo el nombre de Dios sobre su cabeza como si fuera la cuchilla de la guillotina. Sin embargo, Dios no es un inquisidor ni un justiciero, sucede algo más simple y más profundo, y es que Dios se encuentra en el corazón del hombre. Por eso la vocación del discípulo no es un "sí pero" o "un tal vez", si es "si" y no es "no.
Podemos caminar con el corazón alegre con el alma en fiesta, porque Dios dirige nuestro destino y no vale la pena decir en cada coyuntura "lo juro" o "hecho lo que podido". Dios lo sabe mejor que nosotros mismos y no deja de suplir nuestra debilidad y exceso de palabras, con la fuerza necesaria para que seamos testigos de su presencia.
Celebramos hoy la Familia franciscana junto a toda la Iglesia la fiesta de San Antonio, este "hijo predilecto" de San Francisco, en el que podemos descubrir precisamente la lógica evangélica, pues supo vivir la fe desde la sencillez, la humildad y la pobreza más absoluta. Fue un verdadero hijo de la luz, amante de la verdad, que luchó contra todo tipo de males y puso su vida al servicio de los más pobres. ¡Bienaventurado San Antonio que amó al estilo de Dios!
¡Paz y Bien!
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