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  • Cada día con Francisco de Asís

Marzo 23

En el tiempo en que el bienaventurado Francisco empezó a tener hermanos y morando con ellos en Rivo Torto, cerca de Asís, sucedió que una vez hacia la media noche, cuando descansaban todos los hermanos, uno de ellos gritó: «¡Me muero, me muero!» Sobresaltados y despavoridos, se despertaron todos. Y, levantándose el bienaventurado Francisco, dijo: «Levantaos, hermanos, y encended una luz». Luego que encendieron la luz, dijo: «¿Quién es el que ha dicho "Me muero"?» «Yo soy», respondió el hermano. «Qué te pasa, hermano? ¿De qué te mueres?» Y dijo: «Me muero de hambre».
El bienaventurado Francisco mandó preparar en seguida de comer, y, como varón que era lleno de caridad y comprensión, le acompañó a comer para que no se avergonzara de hacerlo solo. Y, a indicación del Santo, comieron también los otros hermanos.
Aquel hermano y todos los otros eran recién convertidos al Señor y maceraban sobremanera sus cuerpos. El bienaventurado Francisco, luego de haber comido, dijo a los otros hermanos: «Hermanos míos, os recomiendo que cada uno considere sus fuerzas; y, aunque alguno de vosotros vea que se puede sustentar con menos alimento que otro, no quiero que quien necesita de más alimentación se empeñe en imitar al que necesite de menos; antes bien, teniendo en cuenta la propia complexión, dé a su cuerpo lo necesario para que pueda servir al espíritu. Pues así como nos debemos guardar del exceso de la comida, que daña al cuerpo y al alma, así también hemos de huir de la inmoderada abstinencia, y con tanta mayor razón cuanto que el Señor quiere misericordia y no sacrificios».

(EP 27)

V/ En alabanza de Cristo y su siervo Francisco.
R/ Amén.

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