Cuaresma peregrina de almendros y jilgueros
Baja de las Villuercas a la Puebla una peregrina conocida. Viste un hábito morado y lleva por cayado una vara de almendro. Trae una alforja llena de ayunos de pan duro, vacía de monedas de limosnas, colmada de versos de oraciones. Viene descalza, sin sandalias, sin más defensa que saber leer su norte en las estrellas. Esta mujer de tez malva llega en silencio, para escuchar su alma: “Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme. Voy a cantar y a tocar: despierta, gloria mía; despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora” (Sal 56).
La cuaresma camina peregrina de lunas, trayendo cenizas para encender el fuego de la pascua en este mundo adormecido. Ella llega, fiel a su ciclo, con cantos penitentes marcando la frente del creyente. Más que para recordar la tierra de carne de la que fuimos hechos: "Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris”, para invitar a convertirnos en lo que estamos llamados a ser: criaturas nuevas, nacidas de las fuentes de fuego de la noche de aguas bautismales de la pascua: Conviértete y cree en el evangelio.
Desciende la cuaresma peregrina entre los brezos rosados cuando la noche se retira cansada de las sombras de la ciudad del hombre. El día dormita en sábanas bordadas por la niebla. La tierra se levanta con un ejército de olivos, versos alineados de un salmo matutino. La mañana huele a pan y lumbre de encina. Al fondo suenan las esquilas: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; ni carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua” (Sal 62,2).
La carne tiene anhelos que sólo el alma enciende. El espíritu es fuerte y el cuerpo débil. La sed azuza búsquedas de fuentes vírgenes. El hambre demanda limosnas que sacien las ansias de los pobres. El rezo lanza el cubo en el pozo de aguas dulces de la Palabra. La plegaria echa redes galileas en el mar salado de la vida.
Rezar es como arar los cielos azulados con arañazos de versos dibujados con tizas de ruegos. Orar es acallar preguntas abriendo interrogantes, escuchar diciendo, atar cortando, pensando sentimientos… Orar es pegar el oído a esta tinaja grande de la tierra y oír cómo el mosto fermenta en su vocación de vino. Es arrimarse a las heridas de las gentes, de uno mismo y sentir en los labios el latido herido de las derrotas cotidianas. Es afinar la cítara del alma como una guitarra siempre destemplada entre el querer y el ser, entre el hacer y el poder, entre el saber y olvidar… y la peregrina cuaresma susurra: Conviértete y cree en el evangelio.
El jilguero jugando en el almendro no olvida su única canción. Por eso ensaya mil melodías nuevas, saltando de rama en rama, sobre las líneas del pentagrama blando del árbol florecido, cantando cual profeta de pascua anunciada: “El Señor volvió a dirigirme la palabra: - ¿Qué ves, Jeremías? Respondí: - Veo una rama de almendro.” (Jeremías 1,11)
El rezo, en la capilla, mira hacia dentro del misterio. Se asoma al alféizar del cotidiano afán, sediento de hambre, hambriento de aguas y mira derramarse a sus pies un árbol de almendras cuajado de flores ateridas de frío y de sentido, de luz y de preguntas, de sombras y respuestas, de vida y muerte.
Llama a la aldaba de la puerta la peregrina, entramos en la cuaresma, y este año, cuaresma jubilar, “esperando la santa pascua con una alegría llena de la pasión espiritual”. El viento leve sacude el papel de los pétalos y alfombra cuarenta días de morado subir a Jerusalén.
La tarea no es tanto volver como llegar, recordar como aprender, reiniciar procesos de conversión que pongan evangélicamente del revés el corazón, para creer de nuevo, confiar aún, amar otra vez, por amor de su amor, por amor de aquel Hijo de Dios y del hombre que logra subir a una cruz para bajar crucificados. Entrar en la ciudad para liberar la paz de la tierra. Cenar para dar más hambre. Sudar sangre para trasminar misericordia, mirar a Pilatos para poder ver la verdad en un hombre desnudado hasta de Dios. Varear los pecados para dejarse azotar, cuarenta veces menos una, en una espalda llena de albardas de misericordia. Ver a su madre tan dolida, tan de pascua, como él mismo para llenarla de hijos cuando le quitan a su Único.
El almendro va perdiendo las flores. El mundo va perdiendo cuaresmas y ganando cuarentenas. El hombre sigue sus caminos. El cristiano camina peregrino citado en Jerusalén. Cuarenta jornadas de desiertos como mares, de soledades apiñadas en tantas compañías, de intentar milagros que saben siempre a poco, de sembrar palabras en corazones a menudo yermos… Pero el profeta insiste: veo una rama de almendro, y el jilguero vuelve a florecer su canto. El mirlo dice las antífonas de un salmo de cuaresma y la Iglesia estrena el sabido rezo: “Attende Domine, et miserere, quia peccavimus tibi”.
Fray Vidal Rodríguez López
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