En primera línea
Jesús de Nazaret y Francisco de Asís
15 Febrero 2025
Del año 2023 al año 2026 celebramos la Familia Franciscana el VIII Centenario de la aprobación de la Regla Bulada, la memoria del nacimiento de Jesús en Greccio, la impresión de las Llagas en la Averna, el Cántico a las criaturas y la muerte de Francisco. Es una buena ocasión para resaltar los temas fundamentales que recorren la vida de fe y la espiritualidad del Poverello. Sobre todo, la relación tan estrecha que tiene con el Jesús que vive en Palestina y recorre los pueblecitos de Galilea antes de ir a Jerusalén para ser juzgado y crucificado.
Nos dice Lucas en los Hechos que los primeros discípulos establecen algunas comunidades, por lo general fieles a las tradiciones judías. Dichas comunidades: «... perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones (Hch 2,42). Estas comunidades de Jerusalén, creadas por discípulos como Pedro y Santiago, están animadas por la creencia en la pronta venida en gloria y majestad del Resucitado. Desaparecen muy pronto por las tensiones internas, la persecución judía con el asesinato de Santiago en el año 62 y la destrucción de Jerusalén por el ejército Romano en el año 70.
Francisco no parte de los cuatro pilares citados que sostienen la comunidad de Jerusalén después de la resurrección, ni siquiera se apoya en ellas y en su dimensión escatológica para reconducir la llamada del Señor cuando camina hacia Pulla. Francisco ve la estructura de las comunidades de Jerusalén en la síntesis que hizo el monaquismo al poco de integrarse el cristianismo en el Imperio: la oración colectiva y personal, el trabajo en común y la vida situada en un mismo edificio no responden a sus inquietudes evangélicas. Están fuera de la historia en este momento, pues no reconocen ni las carencias humanas de este tiempo, ni las necesidades de las poblaciones que viven junto a las murallas de las ciudades y, sobre todo, la vida de Jesús con sus discípulos cuando comienza a revelar el Reino de Dios en los pueblecitos del entorno del lago de Galilea.
Francisco puentea estas realidades históricas del cristianismo, y comienza una relación concreta de la historia de Jesús según la llamada que hace a sus discípulos:
«Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él. E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13-15).
Francisco ve a Jesús en la perspectiva fraterna y, desde ella, envía a evangelizar. Este es su arranque en la forma de vida evangélica que legislará para todos sus hermanos. Francisco se ve a sí mismo con estas palabras:
«Yo, el hermano Francisco, el pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre» (UltVol 1).
Francisco sigue a Jesús con la itinerancia que estableció desde el principio y que conduce a los discípulos a abandonar las modalidades fundamentales de la vida común: la constitución de la familia y el desarrollo de un trabajo. Por consiguiente, durante el tiempo en el que Jesús revela el Reino, se crea un grupo estable de compañía itinerante que, a la postre, debe abandonarlo todo:
«Pedro entonces le dijo: Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10,28-30).
Lucas, en el camino de Jesús hacia Jerusalén (Lc 14,1-24), expone tres exigencias a los que le siguen: «El que no odia a su padre y a su madre no puede ser discípulo mío, y el que no odia a su hijo y a su hija no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26); la segunda: «El que no toma su cruz y viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,27); la tercera: «... quien no renuncie a sus bienes no puede ser discípulo mío» (Lc 14,33).
Francisco lo experimenta cuando se despoja de todo ante su padre Pedro Bernardone y el Obispo de Asís (cf 1C 15); cuando escucha al crucifijo en San Damián: «Francisco vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo […] Presa de temblor, Francisco se pasma y como que pierde el sentido por lo que ha oído. Se apronta a obedecer, se reconcentra todo él en la orden recibida. Pero... nos es mejor callar, pues experimentó tan inefable cambio, que ni él mismo ha acertado a describirlo. Desde entonces se le clava en el alma santa la compasión por el Crucificado» (2C 10); cuando se encuentra con el leproso: «Mas una vez que, por gracia y virtud del Altísimo, comenzó a tener santos y provechosos pensamientos, mientras aún permanecía en el siglo, se topó cierto día con un leproso, y, superándose a sí mismo, se llegó a él y le dio un beso» (1C 17).
Francisco escucha en San Damián el Evangelio que relata el envío de Jesús a sus discípulos para anunciar el Reino, curar enfermos, expulsar demonios, etc., y le hace exclamar:
«Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo de mi corazón anhelo poner en práctica» (1C 22).
Y del anuncio del Reino, como sucede a los discípulos después de la experiencia de la Resurrección, pasa a proclamar al mismo Cristo. Pero manifestar a Cristo es también unirse a él, morar «en él». Esto implica asumir el destino de Jesús, que lo hizo partícipe a sus discípulos:
«Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mc 8,34par).
Y Jesús entiende la vida como servicio en contraposición al poder y dominio que se ejerce en la sociedad (cf Mc 10,45), sentido de vida que deja como testamento a sus discípulos (cf Mc 14,22-25; Jn 13,2-14). Comprender la vida como amor, visibilizada en el servicio, se concreta en dar la vida por todos; es el destino de pasión y muerte (cf Mc 8,36).
Este estilo de vida lo sigue Pablo cuando enseña que el cristiano debe configurarse con Cristo; como fue la vida de Cristo, así es la vida del creyente en él (cf Rom 15,1-3; Flp 3,7-8). Conformarse a la persona de Cristo es asumir como propias las actitudes que modelan su vida como servicio. Entonces la vida de Jesús, como manifestación del amor de Dios al hombre, es a la que se conforma Francisco, cuyo amor, vivido según Dios, va a ser la clave de su unión con él, de la participación en su salvación y del ofrecimiento de dicha salvación a todo el mundo. Pablo se pone como ejemplo de este proceso del amor: El amor nace de la experiencia de la fe, que se desarrolla precisamente cuando se ama: «... lo que cuenta es una fe activa por el amor» (Gál 5,6), que termina en la plena identificación con él:
«Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,19-20).
Vivir el Evangelio y conformarse con Cristo de Francisco los exponemos en cinco capítulos. El primero trata de la experiencia de Dios de Jesús según su revelación del Reino. El segundo, tercero y cuarto estudian la relación de Francisco con Jesús, desde la Encarnación hasta la resurrección. El quinto, titulado La fe en la historia, examina el Espíritu Santo, la Iglesia, María, Clara y la Misión. Por consiguiente, el texto va más allá de la estricta relación de Jesús y Francisco, y se abre a las afirmaciones del Credo cristiano. Los temas de la exposición, para relatar mejor la relación y dependencia de Francisco de Jesús, los dividimos en tres secciones: Sagrada Escritura, fundamentalmente los Evangelios; a continuación, Escritos y Biografías de Francisco; y, por último, la reflexión que explica las afirmaciones de Jesús, el seguimiento y conformación de Francisco y sus aplicaciones a la espiritualidad franciscana actual.
Francisco Martínez Fresneda
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