Ante el nuevo coronavirus, ¿Qué hacer?

¿Qué lectura podemos hacer del coronavirus? Todos estamos sorprendidos por algo que no esperábamos y nos encontramos viviendo una situación global de temores por su propagación en el ser humano, hasta tal punto de ser el primer coronavirus declarado pandemia por la Organización Mundial de la Salud, el pasado 11 de marzo.

Nicolás Castellanos, nos recuerda desde Bolivia que: “Tuvo su origen en Wuhan, China, donde estalló el brote en diciembre de 2019. Ahora el epicentro radica en Europa. Este virus de origen animal, responsable de la enfermedad por coronavirus COVID-19, era desconocido antes del brote epidémico que comenzó en la ciudad de Wuhan (cf. OMS)”.

Ni de estatus ni de fronteras sabe esta enfermedad, porque no discrimina a nadie y ha corrido de modo veloz hacia todos los rincones. A nivel mundial, en nuestro siglo, ninguna de las plagas anteriores ha sido tan desafiante como esta infección epidémica causada por coronavirus.

¿Es verdad que Dios interviene ante el mal? El Dios de Jesús «es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas» (Sal 144). E insiste el salmista: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia». Ya, en el Antiguo Testamento, se decía: «Si grita a mí, yo le escucharé, porque yo soy compasivo» (Ex 22, 20).

Hablando del mal, hoy del coronavirus, me parece importante clarificar que Dios no gobierna ni interviene, directamente, en la historia. Podemos decir que Dios guía el mundo y se hace presente a través de las posibilidades y libertades que ha puesto en las personas.

Como Dios siempre nos respeta y confía en nuestras responsabilidades, condiciones y dotación, es ahora cuando se nos invita, de forma especial, a que vivamos de modo solidario. Que cada uno aporte lo mejor de sí mismo para favorecer el bien común… desde la caridad fraterna, la ética y la honestidad de todos y de los gobernantes. En estos días se ha decretado el estado de alarma, con las restricciones de movilidad ciudadana recogidas en los nros. 67 y 73 de los BOE del 14 y 18 de marzo de 2020, «para la gestión de la situación de crisis…».

La historia nos da lecciones para aprender y aplicar la justicia. Nos recuerda el cardenal Turkson: «Las grandes desigualdades entre sistemas socioeconómicos, que el virus ha revelado, están ahí. No podemos descuidar la justicia social ahora que la emergencia del coronavirus está creando una nueva crisis económica. Ciertamente el coronavirus doblega todas las actividades más significativas: La economía, las empresas, el trabajo, los viajes, el turismo, el deporte, incluso el culto. Y también limita la libertad de movimiento y de espacio». Y… se nos ofrece una magnífica oportunidad de sentirnos familia necesitada, hogar abierto de fragilidades, pero interconectados y unidos a través de las redes para sostenernos con esperanza en estos tiempos de crisis global.

El Dios de Jesús quiere una vida plena y llena de abundancia. Entonces cabe preguntarse, ante la pandemia del coronavirus, ¿qué caminos recorrer?

  • Como creyentes no debe de faltar la oración por todos los que sufren el contagio y por todos los que se comprometen en primera línea, por su dedicación a curar y aliviar los malestares.
  • Asumir las medidas que nos ofrecen los sanitarios y las autoridades para mejor prevenir y curar esta pandemia.
  • Cuidar la información y brindar educación sobre el virus COVID-19.
  • Tener la esperanza de que no existe ninguna oscuridad que no se pueda iluminar, ni ningún trabajo que no se pueda transformar en un nuevo comienzo. Renovarse personal y socialmente es la única garantía del presente y del futuro.
  • Esta crisis nos ofrece la posibilidad de cordura y nos abre nuevas posibilidades de ser y quehacer recreando la historia, de hacernos más cercanos ahora que estamos separados «al menos un metro de distancia» y en espacios aislados.
  • Nos ayuda a resituarnos porque a partir de ahora no todo sigue igual, sino distinto y mejorable porque «otro mundo hemos de hacer posible».
  • Caer en la cuenta de que no hay porvenir para el ser humano si termina perdiendo la fe en el amor. Hay que volver a lo esencial y eso creo que lo estamos pensando en estos días de cuarentena. De «cuarentena cuaresmal».
  • En una sociedad «con llagas», que se «lava las manos muchas veces estos días», debemos caer en la cuenta de la necesidad también de lavar el corazón. Todos descubrimos, especialmente en el tiempo presente, que nadie se salva solo. Debemos sacar lo mejor de nosotros mismos.
  • Los que creemos en Jesús, creemos en todo lo humano. En definitiva, creo que hay que ocuparse del virus y no preocuparse. Es oportuno el consejo de Isaías: «Vuestra salvación está en convertiros y en tener calma. Vuestra fuerza está en confiar y estar tranquilos… Dichosos los que esperan en el Señor» (Is 30,15).

El psicólogo Javier Yanguas Lezaun nos comentaba estos días en la prensa granadina que, en la vida, «hay veces que no podemos huir». Y que también estamos aprendiendo a descubrir «que somos frágiles y vulnerables». ¿Cuántas enseñanzas podemos sacar de esta cuarentena? Se nos pide reelaborar la «hoja de ruta» para esta nueva peregrinación. Manos a la obra ahora, que es nuestro tiempo, es nuestra oportunidad de caer en la cuenta que las personas más inermes frente al COVID-19 deben ser protegidas y cuidadas con cariño, porque su vida vale tanto como la nuestra. No olvidemos que hemos de conciliar la vida familiar, social y comunitaria sin tanto aspaviento, porque merece la pena vivir y tenemos un buen Maestro, el Dios amigo de la vida, que nos puede enseñar y curar. Con Francisco de Asís acudamos al Dios «Todo Bondadoso» que nos acompañe en estos momentos y que nos salvemos juntos, para no caer en el miedo que es un mal consejero, y por nuestra parte tomemos las precauciones necesarias.

Fr. Severino Calderón Martínez, OFM

 

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